23.5.04

Educar para amueblar cabezas, no para llenarlas

El entrañable profesor Mariano Yela utilizaba una metáfora “digestiva” para explicar el verdadero aprendizaje: “cuando como un filete, al final no hay filete; hay carne y sangre mía: he asimilado el filete”. La interiorización de los contenidos supone eso mismo, que dejan de ser conceptos o procedimientos al uso y pasan a formar parte, indistinguible, de nuestra estructura cognitiva.

El problema surge con el crecimiento exponencial del conocimiento humano. ¿Cómo evitar la “infoxicación” conceptual? ¿Qué enfoque debería elegir el maestro en un mundo rebosante de información? ¿Qué merece la pena aprender?

Novak daba una pista clave: “la educación, en un sentido amplio, es una experiencia que contribuye a que una persona pueda manejar situaciones de la vida cotidiana con éxito.” Es decir, enseñar es contribuir no solo a la adquisición de conocimiento, sino al cambio de emociones y sentimientos que permitan desarrollar la capacidad de manejar nuevas situaciones. Esta idea tiene poco que ver con la especialización prematura del alumno ni con la acumulación de datos, sino más bien con el desarrollo de capacidades para discernir entre las informaciones disponibles; para tomar decisiones y para resolver problemas.

“Es preferible una cabeza bien formada a una cabeza bien llena”, afirmaba Michel Eyquem, señor de Montaigne, en el siglo XVI. Así es; el objetivo del maestro debe ser formar mentes, no llenar cabezas. Es evidente que la educación no puede orientarse a formar personas capaces de acumular mucha información, sino a formar ciudadanos que “piensen bien”, es decir, que posean determinadas habilidades y destrezas intelectuales, que les permitan moverse con comodidad en un entorno hipercomunicado, altamente tecnificado y en cambio permanente.

9.5.04

Grupo Lagardère: la pluma y la espada

En un antiguo chiste –bastante malo, por cierto- muy al gusto de ciertas congregaciones religiosas, aparecía San Pedro haciendo un pequeña prueba que habría que superar para entrar en el cielo, para lo que presentaba a las almas un crucifijo y un fajo de dinero: si elegían el dinero se condenarían, y si optaban por el crucifijo tendrían franco el acceso. De pronto, llega uno que ante el dilema decide coger el dinero... y la cruz. San Pedro, perplejo, dice con aire de fastidio: “Vaya por Dios... ¡Otro del Opus!”

Me ha venido a la cabeza este tonto chiste al conocer el imparable avance de Lagardère, que desde el pasado año controla más del 70% de la edición en Francia. El motivo es simple: si contradictorios son los conceptos de cruz y de dinero, más aún son los de libro y armamento. Y es que el grupo Lagardère, líder de la primera industria cultural francesa, la edición, es a la vez uno de los principales constructores mundiales de armamento. ¿Verdad que es impactante?

Lagardère controla sellos editoriales tan importantes como Larousse, Le Robert, Laffont, Julliard, La Decouverte... Algunos de ellos tienen una especial significación por tratarse de editoriales de libros de texto. Es el caso de Nathan o de la mismísima Anaya.

¿Cómo se puede manejar esa esquizofrenia de trabajar por la paz a través de la cultura del libro y al mismo tiempo trabajar para la industria de la guerra a través del desarrollo de armamentos? ¿Cómo puede hacerse creíble un libro de texto que defiende la paz y la convivencia como eje transversal de todo el temario, cuando la empresa propietaria dirige la venta de armamento a escala mundial?

Lagardère se ampara en el fuerte proteccionismo que Francia ejerce sobre su industria cultural para saltarse algunas decisiones antimonopolio dictadas por la UE y para desarrollar una poderosa industria destinada a la exportación (¿de lo que sea?).

Lo cierto es que España es el primer importador de libros franceses. ¿Disponen los lectores de suficiente información? ¿Y los profesores?

Química del amor: más iguales, más locos y más ciegos

Una investigación muestra que entre los recién enamorados disminuyen las diferencias hormonales habituales entre los sexos. Otro equipo descubre que el enamoramiento provoca cambios que impiden ver los defectos de la pareja.

“Los hombres son de Marte y las mujeres de Venus... salvo cuando están enamorados”. Así empieza su curiosa crónica la revista New Scientist, que en el número 2446 recoge los resultados de la investigación de Donatella Marazziti, de la universidad de Pisa.

La doctora Marazziti ha descubierto que en los recién enamorados se reducen las diferencias entre sexos desde el punto de vista hormonal: el nivel de testosterona (hormona sexual masculina) disminuye fuertemente en el hombre enamorado, mientras que el de esta misma hormona crece en su compañera. Es decir, que durante la fase turbulenta del enamoramiento reciente los hombres se hacen menos masculinos y las mujeres se parecen más a ellos.

Al mismo tiempo, durante los seis primeros meses de relación de pareja, el nivel de la hormona del estrés, cortisol, había aumentado de forma notable, tanto en hombres como en mujeres. Este hecho se puede interpretar como el resultado de una evolución natural que tiende a eliminar las diferencias entre hombres y mujeres, porque de este modo es más fácil y profundo el encuentro. "Es como si la naturaleza quisiera eliminar lo que pueda ser diferente entre el hombre y la mujer, porque es más importante sobrevivir y formar pareja en esa etapa”, dice Marazzati.

En 1999 Marazziti ya constató que en los enamorados caen los niveles de serotonina (un neurotransmisor con efecto calmante) muy por debajo de lo normal, dando base científica a la “locura de amor”. De hecho, este bajo nivel de serotonina también se da en las personas con desorden obsesivo-compulsivo. Unos y otros pierden la cabeza, aunque por causas bien diferentes.

Ahora Marazziti ha hecho el seguimiento de los cambios hormonales que se producen en doce parejas de enamorados recientes, midiendo los niveles hormonales en sangre y comparándolos con otros 24 voluntarios sin relación amorosa o con larga relación. Además de la igualación en niveles de testosterona, el equipo de Marazziti descubrió que en los enamorados son más elevados los niveles de cortisol, una hormona productora de estrés, lo que señala la tensión que experimentan ambos sexos en ese estado.

Pero el relámpago amoroso pasa pronto, y una vez pasada esa primera fase intensa, donde las diferencias entre los sexos disminuyen considerablemente, todo tiende a volver a su cauce. Así, en los estudios realizados al cabo de un año, Marazziti comprobó que todos los niveles hormonales se habían normalizado.

Muy curiosos resultan, también, los resultados recogidos por New Scientist de otro equipo de investigación, dirigido por Bartel, que ha descubierto que cuando la gente contempla a su enamorado, se suprimen los circuitos neuronales que normalmente están asociados a la evaluación crítica de otras personas. Esto impide descubrir defectos en el enamorado, y además presta soporte científico a otro dicho popular: “el amor es ciego”.

Para más información:

Crónica de New Scientist

Universidad de Pisa

8.5.04

¿Hay una nueva forma de aprender?

“La generación de los videojuegos está integrada por los hablantes nativos del lenguaje digital de los ordenadores e Internet. Aquellos de nosotros que no hemos nacido en este mundo pero hemos sido, en algún punto tardío de nuestras vidas, fascinados por la tecnología somos, y siempre seremos, inmigrantes digitales”, afirma Mark Prensky, un visionario de la nueva cultura digital. Según Prensky, los niños y adolescentes se mueven en el lenguaje de los videojuegos como si se tratara de su lengua materna. Han nacido rodeados del mundo de lo digital, y por eso los denomina “nativos digitales”. Frente a ellos estamos los inmigrantes, que aunque podamos adaptarnos al nuevo entorno, siempre nos quedará algo de nuestro antiguo “acento analógico”. Por mucho que nos empeñemos, lo digital nunca será nuestra lengua materna.

Entre nativos e inmigrantes hay una enorme discontinuidad cultural, consecuencia del paso de una cultura impresa a una cultura multimedia. Incluso hay quien aventura que se aprecian cambios cognitivos, como la tendencia al procesamiento de la información en paralelo, el acceso a la información desde diferentes perspectivas, el aprendizaje orientado a resolución de problemas o asociado a sistemas de recompensa inmediata.

Alejandra Vallejo Nágera y Roberto Colom [1] sostienen que “el cerebro es un órgano relativamente plástico”, y que “la inteligencia es un atributo que crece y se desarrolla en función de cómo la utilicemos”. Prensky también insiste en que el cerebro es plástico, pero va mucho más lejos. Afirma, por ejemplo, que el cerebro de estos nativos se construye de un modo diferente al de los inmigrantes, porque son distintos los inputs que recibe. De la misma opinión es Andy Clark, director del Cognitive Sciences Program de la Universidad de Indiana, quien sostiene que “nuestro cerebro se modifica profundamente para ajustarse a las prácticas y a las tecnologías del entorno”. Es decir, que las diferentes experiencias provocan una forma diferente de pensar. ¿Será realmente así? ¿Son tan distintos los nativos?

¿Cómo son los nativos digitales?

Los nativos digitales han nacido con la tecnología y asumen que está a su servicio. Por ello usan el medio digital como una extensión de sí mismos. Se sienten cómodos haciendo varias cosas a la vez (proceso en paralelo) y además lo hacen bien, sin que aparentemente haya una pérdida de atención en una de las tareas. Les gusta acceder a la información desde diferentes fuentes y de un modo menos secuencial que nosotros. Al parecer integran mejor la información visual y manejan cómodamente la lógica no lineal. El hipertexto es algo natural para ellos.

Su entorno natural es un mundo desordenado, donde las cosas se aprenden a la vez y solo se recibe información si se solicita. Aprenden sobre la marcha, por ensayo y error: están muy orientados a la acción. Cuando los inmigrantes compramos un nuevo aparato tendemos a mirar las instrucciones antes de ponerlo en marcha. Los nativos no lo hacen así. Ponen en marcha el aparato o el nuevo programa, y confían en que por ensayo y error aprenderán a usarlo, sin miedo a que se rompa. Solo si se encuentran con dificultades buscarán ayuda, generalmente entre sus amigos o en foros de Internet antes que en el propio manual.

Para entender cómo aprenden los nativos la mejor referencia son los juegos de ordenador, un peculiar entorno que obliga al jugador a aprender como parte del proceso. Para mejorar en sus juegos los nativos digitales no utilizan manuales, ni instrucciones paso a paso, porque ralentizaría el juego y lo convertiría en no-juego. La base del aprendizaje es el ensayo-error, el reto y la recompensa. El juego engancha porque se basa en la acción, no en la teoría; exige una frecuente toma de decisiones, ofrece resultados a corto, medio y largo plazo, se adapta al ritmo de cada jugador y ofrece una retroalimentación inmediata.

Frente a la pericia innata de los nativos, los inmigrantes digitales tratamos de aprender el lenguaje tecnológico, pero nuestro fuerte está en la parte tradicional. Para aprender algo necesitamos ir paso a paso, secuenciando los conceptos, ya que hay que conocer unos antes de abordar otros. Y además hemos adquirido la costumbre de construir los nuevos conocimientos sobre lo ya aprendido. No es difícil reconocer a un inmigrante digital: nunca pone en marcha un nuevo aparato sin haber leído el manual de instrucciones, imprime los correos electrónicos, o incluso llama por teléfono para preguntar si ha llegado un correo que acaba de enviar.

Parece claro que somos muy diferentes, pero si además fuera cierto que nuestra forma de pensar es también diferente, habría de seguro profundas implicaciones para la escuela. La pregunta más inocente que se me ocurre es: ¿Servirán las fórmulas de aprendizaje de los inmigrantes para enseñar a los nativos?

Estoy convencido de que hay una nueva forma de aprender. ¿No habrá que cambiar la forma de enseñar?


[1] Alejandra Vallejo-Nágera y Roberto Colom (2004). "Tu inteligencia: cómo entenderla y mejorarla”. Aguilar, Madrid.

5.5.04

Tecnología inalámbrica (o cuando el jersey habla con la lavadora)

Internet está provocando alteraciones en la base de las relaciones sociales y cambios culturales, lo que significa que no estamos ante una mera tecnología de comunicación, sino ante una cultura emergente. Es decir, nada será como antes.

No es difícil apreciar algunos síntomas. Se trate de un cine, un teatro o de una sala de conciertos, ya no hay espectáculo que comience sin que antes se recuerde la necesidad de apagar los móviles (antes se recordaba la prohibición de comer pipas; eran otros tiempos). Es consecuencia de la tecnología móvil que nos rodea, que crece sobre los protocolos de Internet. Nuestros adolescentes escuchan en un diminuto reproductor MP3 la música que han descargado, hablan de frente a su teléfono móvil mientras contemplan su rostro en la pantalla, como reproduciendo la escena de la madrastra de Blancanieves consultando su espejo mágico, o mueven frenéticamente el pulgar mientras escriben mensajes con una jerga abreviada hasta lo incomprensible.

Pero solo es el principio. Hace unos treinta años los códigos de barras revolucionaron el mundo del comercio, y hoy día todos los productos lo llevan, desde un yogur a un libro de texto. El código permite identificar al producto, aunque no es capaz de comunicarnos mucho más. Sin embargo, al acoplar la tecnología de Internet a las etiquetas, una nueva comunicación es posible. Un minúsculo chip con una antena en la etiqueta de un producto nos ahorrará la engorrosa tarea de sacar los productos del carrito para pasar por caja: bastará con acercarse a un escáner y pasar la tarjeta de crédito para hacer el pago. Nuestro jersey de lana, provisto de una de estas etiquetas inteligentes, dará una alarma al ordenador de la lavadora cuando marquemos un programa de lavado inadecuado, y los productos perecederos avisarán a nuestra nevera de la proximidad de la fecha de caducidad; incluso, si somos muy organizados, el propio sistema hará un pedido automático a la tienda cuando determinados productos estén por debajo de un nivel prefijado.

La llegada de lo inalámbrico a la escuela provocará cambios sustanciales, no solo por la innovación que supone sino porque permitirá acabar con la rigidez en los espacios (y a veces en los tiempos) que exigen las instalaciones informáticas: mesas fijas, aulas específicas, cableados, etc. De paso, acabará con el feo "síndrome de colas de rata" que sufren los usuarios al verse rodeados de cientos de cables en el aula de informática tradicional. Merece la pena conocer los ejemplos pioneros en este campo (Ariño, en Teruel; Compañía de María, en Tudela...) para anticipar, en lo posible, los cambios que la nueva tecnología WiFi traerá a las aulas.

En fin, Internet es mucho más que ordenadores y páginas web, y revolucionará probablemente algunos aspectos de nuestra vida, si es que no lo está haciendo ya. No soy capaz de imaginar cómo será Internet dentro de diez años, pero probablemente no tenga nada que ver con lo que conocemos hoy, ni siquiera con lo que imaginamos. Lo seguro es que no se trata de una moda pasajera. Es una nueva forma de mover la información, de llevarla a cualquier punto. Y eso no admite marcha atrás.

1.5.04

Impacto de las TIC en la educación

"Hay tecnologías para problemas que no existen, y eso no es innovación" Michael Dell

“¿Para qué sirve esa pequeña corriente eléctrica que aparece al mover el imán?” preguntaba una persona a un Michael Faraday entusiasmado ante sus primeros experimentos sobre electromagnetismo. Y la respuesta, seca y esclarecedora, no se hizo esperar: "¿Y para qué sirve un niño recién nacido?” Faraday presentía que estaba ante algo muy grande, aunque no podía imaginar qué sería de mayor. Unos veinticinco años más tarde se construyó el primer generador industrial de electricidad, y otro cuarto de siglo después empezaron a iluminarse con bombillas eléctricas las fábricas y las calles. Finalmente, la energía eléctrica llegó a todos los puntos y transformó la sociedad: cambió la forma en que trabajamos, en que nos alimentamos, en que nos divertimos...

Con Internet es probable que ocurra una transformación de igual calado, que tampoco en este momento somos capaces de imaginar. Naturalmente va mucho más allá de las páginas web, como la electricidad iba mucho más allá de las bombillas. Lo revolucionario de Internet es la forma en que permite comunicarse y compartir la información, lo que desencadenará aplicaciones inimaginables y consecuencias difíciles de predecir pero que con toda seguridad provocarán cambios profundos en nuestra forma de vida.

Ante esta emergencia -a la que nos referimos como sociedad digital, sociedad del conocimiento, etc.- es inevitable que surja un ejército de visionarios, pregoneros y oportunistas que aprovechan la expectación (o el desconcierto) de la gente para dibujar el futuro. No es fácil distinguir al charlatán del gurú, porque ambos navegan entre mitos y realidades, pero sí podemos analizar algunos aspectos clave para separar los meros fuegos de artificio de los cimientos de la nueva sociedad. De algunos de estos mitos se nutrían muchas de las iniciativas surgidas en plena “burbuja tecnológica” que hoy pueblan el cementerio de Internet. Y es que además de un poco de humildad, prudencia y sentido común, es imprescindible centrarse en lo esencial -los problemas educativos- para no dejarse cegar por la tecnología ni dedicarse a buscar soluciones geniales a problemas que el profesor nunca se ha planteado.

¿Qué preocupa al profesor? Se lo hemos preguntado, y en sus respuestas aparece la falta de motivación de sus alumnos, la pérdida de autoridad ante el alumno y sus familias, la baja consideración social, la diversidad creciente del aula, la indisciplina... Es comprensible su escepticismo cuando se le ofrece como respuesta aulas virtuales en las que puede ayudar en sus tareas a alumnos anónimos, sistemas de tutoría para que unos alumnos respondan a las preguntas de otros, o sistemas para comunicarse vía e-mail fuera del horario lectivo con sus propios alumnos. En absoluto rechaza las novedades que aportan las TIC, pero no siempre le resultan útiles. No apoyan su tarea para atender la diversidad imposible de su aula, no resuelven su necesidad de actualización científica y ni siquiera ayudan a romper su propio aislamiento profesional, más frecuente de lo que podría parecer.

En definitiva, muchos de los mitos de las TIC en la educación surgen de un enfoque más centrado en la tecnología que en la educación. Y son alimentados por supuestos expertos que, aun desconociendo la realidad del aula, se atreven a pergeñar los nuevos paradigmas educativos y a exigir nuevas competencias al profesor, en una dirección peligrosamente equivocada. Así, en lugar de estimular la investigación educativa, la profesionalización docente y la especialización didáctica, presionan al profesor hacia la tecnología, como si ese fuera su verdadero cometido. De hecho, un grupo cada vez más numeroso de profesores dedica grandes esfuerzos no para mejorar sus competencias de dirección de grupos, de resolución de conflictos o de atención a la diversidad, sino para ¡aprender a programar!

Por supuesto que la tecnología puede ser interesante y formativa, y es muy importante que todos los profesores tengan un nivel de competencia adecuado, pero no debe ser un distractor de la labor docente, ya de por sí muy compleja. Para ser eficaz, la tecnología debe ser capaz de liberar al profesor de tareas rutinarias o de bajo nivel para permitirle concentrarse en lo esencial, y además debe ser transparente para él, de modo que le permita abordar los problemas sin que robe su atención. Un ejemplo muy simple: hace unos meses el director de un colegio pidió la colaboración urgente de un grupo de personas que estábamos en diferentes ciudades para ayudarle en la elaboración de una propuesta. Intercambiamos todos los borradores que íbamos creando a través de la red y en poco tiempo finalizamos la puesta en común. Al acabar, el director reflexionó sorprendido: “¡Acabo de darme cuenta de que hemos resuelto el problema por Internet!” Así era, pero nadie había pensado en Internet, sino en el problema. Lo importante es tener claro un objetivo y trabajar para alcanzarlo; solo entonces estaremos usando adecuadamente la tecnología.

En resumen: el paradigma educativo no cambia por la llegada de Internet, sino porque las necesidades de los alumnos cambian. La entrada de Internet en el aula debe verse como una oportunidad para apoyar la tarea básica del profesor: diagnosticar necesidades individuales, prescribir planes de acción y evaluar el resultado. Lo importante no es plantearse cómo utilizar Internet en al aula, sino buscar soluciones para mantener la atención en un entorno tan cambiante, para lograr un ambiente de aprendizaje adecuado, para atender las necesidades educativas especiales o para integrar eficazmente a los alumnos extranjeros. Por tanto, centrémonos en el problema educativo y no en la tecnología. Si dentro de un tiempo descubrimos que nuestros alumnos con dificultades reciben refuerzo guiado mediante una página web, que nuestro inmigrante aprende castellano con un programa de ELE, que nuestro alumno discapacitado resuelve un problema de matemáticas con un sistema específico de accesibilidad, entonces podremos afirmar que las TIC están al servicio de la educación y del trabajo docente.