1.5.04

Impacto de las TIC en la educación

"Hay tecnologías para problemas que no existen, y eso no es innovación" Michael Dell

“¿Para qué sirve esa pequeña corriente eléctrica que aparece al mover el imán?” preguntaba una persona a un Michael Faraday entusiasmado ante sus primeros experimentos sobre electromagnetismo. Y la respuesta, seca y esclarecedora, no se hizo esperar: "¿Y para qué sirve un niño recién nacido?” Faraday presentía que estaba ante algo muy grande, aunque no podía imaginar qué sería de mayor. Unos veinticinco años más tarde se construyó el primer generador industrial de electricidad, y otro cuarto de siglo después empezaron a iluminarse con bombillas eléctricas las fábricas y las calles. Finalmente, la energía eléctrica llegó a todos los puntos y transformó la sociedad: cambió la forma en que trabajamos, en que nos alimentamos, en que nos divertimos...

Con Internet es probable que ocurra una transformación de igual calado, que tampoco en este momento somos capaces de imaginar. Naturalmente va mucho más allá de las páginas web, como la electricidad iba mucho más allá de las bombillas. Lo revolucionario de Internet es la forma en que permite comunicarse y compartir la información, lo que desencadenará aplicaciones inimaginables y consecuencias difíciles de predecir pero que con toda seguridad provocarán cambios profundos en nuestra forma de vida.

Ante esta emergencia -a la que nos referimos como sociedad digital, sociedad del conocimiento, etc.- es inevitable que surja un ejército de visionarios, pregoneros y oportunistas que aprovechan la expectación (o el desconcierto) de la gente para dibujar el futuro. No es fácil distinguir al charlatán del gurú, porque ambos navegan entre mitos y realidades, pero sí podemos analizar algunos aspectos clave para separar los meros fuegos de artificio de los cimientos de la nueva sociedad. De algunos de estos mitos se nutrían muchas de las iniciativas surgidas en plena “burbuja tecnológica” que hoy pueblan el cementerio de Internet. Y es que además de un poco de humildad, prudencia y sentido común, es imprescindible centrarse en lo esencial -los problemas educativos- para no dejarse cegar por la tecnología ni dedicarse a buscar soluciones geniales a problemas que el profesor nunca se ha planteado.

¿Qué preocupa al profesor? Se lo hemos preguntado, y en sus respuestas aparece la falta de motivación de sus alumnos, la pérdida de autoridad ante el alumno y sus familias, la baja consideración social, la diversidad creciente del aula, la indisciplina... Es comprensible su escepticismo cuando se le ofrece como respuesta aulas virtuales en las que puede ayudar en sus tareas a alumnos anónimos, sistemas de tutoría para que unos alumnos respondan a las preguntas de otros, o sistemas para comunicarse vía e-mail fuera del horario lectivo con sus propios alumnos. En absoluto rechaza las novedades que aportan las TIC, pero no siempre le resultan útiles. No apoyan su tarea para atender la diversidad imposible de su aula, no resuelven su necesidad de actualización científica y ni siquiera ayudan a romper su propio aislamiento profesional, más frecuente de lo que podría parecer.

En definitiva, muchos de los mitos de las TIC en la educación surgen de un enfoque más centrado en la tecnología que en la educación. Y son alimentados por supuestos expertos que, aun desconociendo la realidad del aula, se atreven a pergeñar los nuevos paradigmas educativos y a exigir nuevas competencias al profesor, en una dirección peligrosamente equivocada. Así, en lugar de estimular la investigación educativa, la profesionalización docente y la especialización didáctica, presionan al profesor hacia la tecnología, como si ese fuera su verdadero cometido. De hecho, un grupo cada vez más numeroso de profesores dedica grandes esfuerzos no para mejorar sus competencias de dirección de grupos, de resolución de conflictos o de atención a la diversidad, sino para ¡aprender a programar!

Por supuesto que la tecnología puede ser interesante y formativa, y es muy importante que todos los profesores tengan un nivel de competencia adecuado, pero no debe ser un distractor de la labor docente, ya de por sí muy compleja. Para ser eficaz, la tecnología debe ser capaz de liberar al profesor de tareas rutinarias o de bajo nivel para permitirle concentrarse en lo esencial, y además debe ser transparente para él, de modo que le permita abordar los problemas sin que robe su atención. Un ejemplo muy simple: hace unos meses el director de un colegio pidió la colaboración urgente de un grupo de personas que estábamos en diferentes ciudades para ayudarle en la elaboración de una propuesta. Intercambiamos todos los borradores que íbamos creando a través de la red y en poco tiempo finalizamos la puesta en común. Al acabar, el director reflexionó sorprendido: “¡Acabo de darme cuenta de que hemos resuelto el problema por Internet!” Así era, pero nadie había pensado en Internet, sino en el problema. Lo importante es tener claro un objetivo y trabajar para alcanzarlo; solo entonces estaremos usando adecuadamente la tecnología.

En resumen: el paradigma educativo no cambia por la llegada de Internet, sino porque las necesidades de los alumnos cambian. La entrada de Internet en el aula debe verse como una oportunidad para apoyar la tarea básica del profesor: diagnosticar necesidades individuales, prescribir planes de acción y evaluar el resultado. Lo importante no es plantearse cómo utilizar Internet en al aula, sino buscar soluciones para mantener la atención en un entorno tan cambiante, para lograr un ambiente de aprendizaje adecuado, para atender las necesidades educativas especiales o para integrar eficazmente a los alumnos extranjeros. Por tanto, centrémonos en el problema educativo y no en la tecnología. Si dentro de un tiempo descubrimos que nuestros alumnos con dificultades reciben refuerzo guiado mediante una página web, que nuestro inmigrante aprende castellano con un programa de ELE, que nuestro alumno discapacitado resuelve un problema de matemáticas con un sistema específico de accesibilidad, entonces podremos afirmar que las TIC están al servicio de la educación y del trabajo docente.

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