8.6.04

Selectividad: la historia se repite

Un grupo de adolescentes se agolpaba en la parada del autobús esta mañana. Su aspecto ojeroso y su aire de cansancio podría responder a una larga noche de fiesta, si no fuera por la gruesa carpeta de apuntes, que algunos revisaban de soslayo. Claro, son los alumnos de Bachillerato, que hoy se enfrentan con la Selectividad.

Me ha venido a la cabeza mi propio examen, que coincidió con la primera convocatoria de este polémico examen, que mi promoción tuvo el dudoso honor de inaugurar. Y eso que vivimos la selectividad como un mero trámite, algo fácil de entender si se repasa la increíble lista de exámenes externos a los que nos habíamos tenido que enfrentar. Primero fue el examen de Ingreso, a los diez años, necesario para acceder al Bachillerato Elemental. Esto ya dejaba fuera a un grupo importante de alumnos que deberían continuar en la escuela primaria hasta los catorce años u optar por la formación profesional (entonces se llamaba Maestría Industrial). Después, a los catorce años, tuvimos que enfrentarnos al examen de Reválida Elemental. Era un examen complicado, de los cuatro cursos de Bachillerato elemental, y había que superarlo para poder acceder al Bachillerato Superior. Por si la selección fuera poca, al acabar sexto de Bachillerato había que superar una nueva Reválida (la de sexto) para acceder al COU.

En definitiva, la selección de alumnos era una práctica habitual, y es comprensible que los profesores del Instituto estuvieran encantados con el “nivel académico” de la clase, ya que el sistema dejaba fuera a los alumnos que presumiblemente hubieran tenido más dificultades para moverse en este esquema tan selectivo. Por eso, cuando a lo largo del COU se nos anunció que íbamos a ser los primeros alumnos en enfrentarnos a un nuevo examen, la Selectividad, no perdimos los nervios. ¡Otro más! No recuerdo haber hecho preparaciones especiales, ni que nuestros profesores hicieran una adaptación del curso para este examen.

Se entiende así nuestra escasa ansiedad ante este examen, que se intuía como un examen más de reválida pero especialmente sencillo, porque solo nos examinaríamos del último curso escolar. Y por eso llegamos muy relajados al examen, tanto que parte de la conferencia –creo recordar que impartida por Santiago Vicente, sobre la química al servicio de la arqueología- se perdió entre el bullicio incontenible de los alumnos que llenábamos los amplios pasillos del Alfonso VIII.

La cosa revistió más seriedad durante el examen de matemáticas, sobre todo por la presencia de don Juan Martino acompañando al profesorado de la universidad. Don Juan era un catedrático entrañable, mayor, serio, riguroso y respetado por todos, que me había dado clases a lo largo del bachillerato elemental. Recuerdo que en un momento del examen en que quedó solo, escribió en la pizarra la solución de un problema. Nos dio unos instantes para copiarla y la borró. Media hora más tarde apareció de nuevo don Juan con el rostro congestionado, y todos lo miramos con preocupación. Permaneció junto a la pizarra, demacrado y sudoroso, y aprovechando una breve salida del profesor visitante, nos dijo: “¡Me he equivocado; el problema estaba mal resuelto!”

Hubiéramos querido ir a consolarlo -¡qué gran persona, don Juan- pero hubo que recomponer la situación. Se puso en marcha el plan B, para el que nos habíamos colocado estratégicamente: los alumnos mejores, que ocupaban los primeros puestos de la fila, facilitaban la copia al de detrás, y así sucesivamente. No obstante, el sistema resultó poco eficaz, y el resultado fue el previsible: los de las filas delanteras sacaron sobresaliente, los de la parte central aprobado, y los del fondo un suspenso. “Es la predestinación”, bromeaban al recoger las notas.

Lo tremendo –lo razonable también- es que en aquella primera selectividad se produjo el nivel más alto de suspensos de la historia de este examen. En la actualidad la mayoría de los alumnos aprueba, y la batalla no va tanto por pasar el examen como por lograr una nota suficiente para acceder a la carrera deseada. Año tras año mejora la preparación y aumentan las medias, pero también se incrementa la angustia de los alumnos ante el examen. Menos mal que el verano lo borrará todo.

2.6.04

No preguntes a un tertuliano sobre la selectividad

La selectividad vuelve a su cita anual. Me lo recordó ayer la radio del coche, donde el tertuliano de turno lamentaba como una plañidera la mala preparación y la pésima calidad del sistema educativo. Trataré de mostrar que esto no es cierto y aprovecharé para recordar alguna clave -por cierto, nada nueva- para superar con éxito la selectividad.

Me irritan sobremanera los tertulianos de la radio cuando hablan frívolamente sobre educación. Soy consciente de que generan opinión pública, por lo que escucho sus insensatas afirmaciones entre el estupor y la indignación. Sus comentarios presentan estereotipos, lugares comunes y tópicos que se reducen a una descalificación del actual sistema educativo y a una añoranza acrítica de los antiguos métodos.

No seré yo quien eche flores a un sistema educativo que considero inadecuado para afrontar los retos de la sociedad del conocimiento, pero me indigna esa descalificación gratuita e injusta. ¿Habrán estudiado estos tertulianos bajo el mismo sistema que yo? Porque de ser así, cuesta creer que el tiempo haya borrado de sus mentes toda huella de sensatez. Les invito a echar un vistazo en aquellos manuales del preuniversitario o del antiguo bachillerato para descubrir el escaso margen que dejaban para ese supuesto aprendizaje del que alardean. Nada que ver con la complejidad de los actuales manuales de Bachillerato, que ofrecen una innovadora visión de los temas rigurosa en lo científico e impecable en lo didáctico. Les invito a comprobarlo.

Por si esa petición de objetividad no bastara para convencer a esos tertulianos de la ligereza de sus apreciaciones, viene en mi auxilio un libro que acaban de publicar Alejandra Vallejo-Nágera y Roberto Colom (“Tu inteligencia. Cómo entenderla y mejorarla”. Aguilar) donde afirman sin complejos que “los jóvenes en la actualidad son considerablemente más inteligentes que los adultos de hace una, dos o tres generaciones. La explicación yace en el cambio de las condiciones de vida experimentadas durante el siglo XX.” Por otro lado, el conocido informe Delors explica que hoy día no basta con aprender, porque el saber caduca, ni siquiera con aprender a aprender, sino que además, el alumno debe aprender a tomar decisiones sobre su propio aprendizaje. Esto es, el alumno tiene que hacer un mayor esfuerzo en el aprendizaje que en el pasado porque ya no basta con aprender los conceptos, sino que debe aprender también los mecanismos, y saber decidir cuándo y cómo debe seguir aprendiendo. Es decir, que no solo es falso que los alumnos de ahora sean peores intelectualmente que los de antes, sino que además lo tienen bastante más difícil de lo que lo tuvimos nosotros.

Y ahora sí, una vez hecho mi desquite vuelvo a lo anunciado al principio: ¿algunas pistas para superar con éxito la selectividad? Obviamente, si algo anticipa el éxito en la selectividad es una trayectoria brillante en el Bachillerato. Pero para los que ya no tengan esa opción disponible, me atrevería a señalar tres claves básicas:

1. Emplear algunas técnicas que mejoren el rendimiento en el estudio. No es momento de presentarlas en detalle, pero al menos destacaría la importancia de evitar el atracón de última hora, descansar para que el cerebro esté alerta y cuidar la alimentación y el ejercicio físico. El atracón es una opción pésima, ineficaz y con el riesgo de que se olvide todo antes del examen. Según Vallejo-Nágera y Colom “todas las investigaciones apuntan que, para aprender de verdad, es infinitamente más eficaz estudiar un poco todos los días y dedicar las noches a dormir.” Hay que estudiar preferentemente de día, enfrentándose muchas veces a lo que haya que memorizar. Lo de estudiar durante el día se justifica porque la luz solar suprime la producción de melatonina, una hormona que produce sopor. En época de exámenes, es preferible dedicar la noche a dormir bien, porque “el sueño recarga las pilas del sistema neurológico, que es el que permite el pensamiento”. En cuanto a la buena alimentación, es sabido que hay que cuidar especialmente el desayuno, porque se ha comprobado que está asociado a un mejor rendimiento en los exámenes. El almuerzo debe ser nutritivo pero ligero, sobre todo si hay exámenes por la tarde. Una comida abundante embota el cerebro.
En cuanto a las técnicas de estudio, hay un amplio listado con ejemplos prácticos dentro de la página profes.net.

2. Adaptarse en la mayor medida que sea posible a los criterios de evaluación que se utilizarán en las pruebas. Parece obvio, pero la selectividad no premia a los más listos, ni a los más creativos, sino a los que mejor se adapten al modelo de evaluación establecido. Por tanto, es importante conocer a fondo modelos de exámenes, criterios y pautas de corrección. Hay un gran número de este tipo de propuestas en la dirección: http://www.selectividad.profesores.net.

3. Aprovechar intensamente los tradicionales cursillos de preparación que ofrece cada centro. Es importante absorber como esponjas todo lo que sugiera el profesor en estos días previos, porque de seguro sacará toda su batería de trucos, intuiciones y técnicas para pasar con éxito este examen. La mayoría del profesorado cambia radicalmente el enfoque didáctico que llevó durante el curso, que iba orientado a la comprensión del temario, y ahora se concentra en ayudar a pasar el examen. De ahí que sea muy conveniente asistir a las clases preparatorias, que los profesores experimentados saben orientar con buen tino. No olvidemos que ellos también se sienten examinados, y que el éxito de sus alumnos es para ellos un verdadero galardón profesional.