24.4.05

Pues va a ser que sí: “la risa es la mejor medicina”

Según la canción, “salud, dinero y amor” eran los tres requisitos básicos para ser feliz, la condición necesaria que dirían los físicos. Pero ese regusto de los científicos por cambiar las cosas bien establecidas ha puesto las conocidas premisas patas arriba: si te sientes feliz, tendrás más salud y te funcionará mejor el corazón. El estudio no dice nada del dinero, pero todo apunta a que a la gente optimista le van las cosas mejor.

Me refiero al estudio publicado por un grupo de investigadores de la universidad de Londres, coordinados por Jane Wardle, que han comprobado que las personas que se sienten más felices en su día a día tienen niveles más adecuados de marcadores químicos que regulan el organismo y controlan la enfermedad que quienes tienen pocas emociones positivas.

Por ejemplo, la sensación de felicidad afecta a los niveles de cortisol, una hormona del stress. Los niveles altos de cortisol se asocian a problemas de hipertensión y de diabetes del tipo II, lo que significa que la gente más optimista tienen menos riesgo de sufrir problemas cardiovasculares o de padecer enfermedades como la diabetes.

El interés del estudio, publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences y extractado por New Scientist, se debe a que pone datos a una intuición que recorría el sentido común: “la risa es la mejor medicina”. Pues se ve que sí, el buen humor es garantía de salud.

Las conclusiones se basan en el estudio realizado sobre 216 voluntarios de mediana edad a quienes se entrevistó en diferentes momentos del día para conocer su nivel emocional, tanto en momentos de trabajo como de ocio, a la vez que se registraba automáticamente el ritmo cardíaco y la presión arterial, y se recogían muestras de saliva para hacer análisis posteriores.

En los hombres, la sensación de felicidad hacía descender los niveles de cortisol y en las mujeres reducía el ritmo cardíaco. Además, los individuos que se sentían más felices tenían niveles más bajos de fibrinógeno, una proteína necesaria para la coagulación de la sangre pero cuyos niveles altos aumentan el riesgo de problemas coronarios.

2.4.05

La caspa, una nueva amenaza para el clima

Al pobre medioambiente le crecen los enanos. Al dióxido de carbono, el metano, el benceno y los clorfluorocarbonos se une ahora... la caspa. Sí, la caspa; esas escamas blancas que insisten en desprenderse cada vez que alguien se pone una prenda oscura.

No me lo invento yo, que es, como explicaré, cosa bien científica. Lo que ocurre es que, como en tantas otras ocasiones, la realidad supera con creces a la ficción. Los dermatólogos no tienen una explicación definitiva para la aparición de la caspa, y muchos creen que en este problema influyen la dieta, la tensión, y los cambios climáticos pero, mira por donde, ahora descubren los científicos que es la caspa la que provoca el cambio climático y no al revés.

Lo ha demostrado Ruprecht Jaenicke, un investigador de la Universidad Mainz de Alemania, que ha presentado las conclusiones de sus estudios nada menos que en el último número de la prestigiosa revista Science. Según Jaenicke, todas las partículas suspendidas en la atmósfera –caspa y escamas de piel incluidas- influyen de algún modo en la radiación que nos llega del Sol y con ello en el clima, por lo que si se pretende luchar contra el cambio climático es necesario conocer todos los ingredientes de la atmósfera: el polvo mineral, las partículas de humo, pero también las partículas celulares y restos proteicos.

El polvo y los humos han sido objeto de gran atención en los últimos años, pero no ocurre lo mismo con las partículas celulares, cuya investigación se suele pasar por alto por infravalorar la importancia de sus posibles efectos. Sin embargo, Jaenicke ha comprobado que estos efectos son mucho mayores de lo que se pensaba. Las partículas de caspa y de piel suspendidas en el aire influyen en la formación de la lluvia, en las nubes, en las precipitaciones...Y así lo ha recogido en el artículo publicado en el número de este mes de abril de Science, con el título Abundance of Cellular Material and Proteins in the Atmosphere.

Según Jaenicke se estima que se desconoce alrededor del cuarenta por ciento de las partículas contenidas en la atmósfera y, por tanto, se necesita profundizar en esta zona oscura. Dentro de ella, las partículas celulares (caspa y restos de piel) son relevantes, y funcionan como núcleos de condensación de las nubes, un proceso necesario para que se inicien las precipitaciones. Por tanto, influyen en el clima.

Jaenicke no plantea soluciones al problema de la caspa, y es que no debe ser fácil. Es sabido que la caspa y los restos de piel son el maná de los ácaros que viven en los colchones y en las alfombras, esperando con la boca abierta a que les llegue esa lluvia de escamas de restos celulares. Pero obviamente, agrandar los ejércitos de estos alienígenas de ocho patas no parece una solución atractiva.

Y es que la ciencia no tiene siempre soluciones, aunque bien llevada facilita la comunicación interpersonal. Por ejemplo, un ciudadano avisado de la repercusión del metano como gas de intenso efecto invernadero y de la elevada presencia de este gas en las ventosidades de rumiantes y de humanos (perdón por el posible solapamiento) ya no tiene por qué contener la respiración heroicamente cuando viaja en el metro; eso se acabó. Como iniciado en ciencia podrá pedir finamente:
“Tenga la bondad de controlar sus ventosidades para no incrementar la temperatura media planetaria”.
Y no digamos cuando encuentre a un individuo rascándose despreocupadamente sin reparar en las consecuencias de su acto:
“¡Desgraciado! ¿No se da cuenta de que las células muertas que usted lanza a la atmósfera actuarán como núcleos de condensación de nubes que alteran los ciclos hídricos?”
Y por supuesto, se acabó lo de hablar del tiempo en el ascensor cuando coincidimos con el casposo del séptimo mientras amenaza con arruinar nuestro traje de fiesta. Quedará más oportuna, a la vez que didáctica, una fina sugerencia del tipo:
“Vecino, haga el favor de ponerse una loción anticaspa, que acabará usted por fundir los casquetes polares”.
Claro, que hay que confiar en que no se haga un lío con lo de los casquetes.

Y lo normal será que el interfecto, si ha cursado la nueva materia de formación cívica, nos agradezca cumplidamente nuestra lección de ciencias. Y es que con la ciencia la convivencia mejora, aunque San Segundo siga escatimando horas de ciencias en el nuevo currículo...