24.5.05

Ponte rojo... para competir

Según un estudio publicado la pasada semana en la revista Nature los deportistas que visten de rojo tienen ventaja respecto a sus adversarios. Pero, ¿es realmente así?

Russell A. Hill y Robert A. Barton, investigadores del Evolutionary Anthropology Research Group de la universidad de Dirham, afirman en este artículo que el color rojo en la vestimenta de un deportista le proporciona una ventaja que puede marcar la diferencia cuando los competidores están igualados en todos los demás aspectos.

Hill y Barton extrajeron esta conclusión tras examinar los resultados de cuatro disciplinas de lucha en los pasados Juegos Olímpicos de Atenas en los que participaban dos adversarios, a los que se asignaba aleatoriamente el color rojo o azul para el combate. Según sus observaciones, el deportista con prendas rojas ganó al vestido de azul en el 55 % de los combates en las disciplinas estudiadas (boxeo, taekwondo, lucha greco-romana y lucha libre).

La conclusión parece previsible y razonable. El color rojo en la naturaleza suele ir asociado a una mayor agresividad y a situaciones de intimidación del oponente, de modo que parece razonable que "vestir de rojo suele estar vinculado con una mayor probabilidad de vencer". Pero, ¿son significativas las pruebas que llevan a esta conclusión? ¿Es suficiente el análisis de resultados de lucha por parejas en una Olimpíada para concluir que el rojo es ventajoso?

Que la conclusión parezca razonable no significa que se haya demostrado. Más aún. Los autores relacionan las prendas rojas con la coloración roja utilizada como señal asociada a la testosterona en varias especies animales. Es decir, que vestir de rojo podría análogamente incrementar los niveles de testosterona y, por ello, la agresividad y las posibilidades de vencer. Pero que las prendas rojas incrementen los niveles de testosterona de quien las lleva es una mera hipótesis que el estudio no trata de dilucidar. Por otro lado, los investigadores añaden no poca confusión al incorporar en sus matizaciones comentarios sobre equipos que eligen prendas rojas para competir, es decir, prendas que no proceden del azar, sino de la preferencia. ¿Son más agresivos por llevar estas prendas o las eligen porque son más agresivos?

Las apariencias engañan, también en el trabajo científico

En mi opinión, los autores interpretan de forma un tanto superficial la correlación entre vestir de rojo y tener mayor probabilidad de ganar. Pero que exista una correlación entre datos no garantiza que la hipótesis sea correcta. Por ejemplo, hace años vi una tabla que mostraba una elevadísima mortandad por tuberculosis en Segovia, muy superior a la de otros lugares peninsulares. Un análisis superficial llevaba a la conclusión inmediata de que el clima segoviano era especialmente peligroso para los enfermos pulmonares. Pero al profundizar en el análisis se deducía exactamente lo contrario. El clima segoviano era idóneo para el tratamiento de estos enfermos, lo que llevaba a un mayor número de sanatorios especializados y, lógicamente, a un mayor número de fallecidos por estas enfermedades.

¿No pasará lo mismo con la interpretación del color rojo de las prendas deportivas? Un primer análisis apunta a que el rojo aumenta la agresividad de quien lo viste, pero ¿es esta la única lectura? En ausencia de datos de los niveles de testosterona u otras hormonas entre los contendientes, yo me decantaría por explicaciones más verosímiles, como que el que distribuye la ropa entrega el color rojo al que parece más fiero, o que el menos competitivo acepta mejor el azul o, simplemente, que la muestra tomada para este estudio no es estadísticamente significativa. Confieso que se me escapa la representatividad de las muestras cuando se trabaja con experimentos complejos en los que se miden variables de comportamiento humano, como es el caso.

De lo que sí estoy seguro es de que hay que andar con cuidado en la interpretación de este tipo de resultados, porque no sería la primera vez que me encuentro con atrevidas conclusiones de estudios basados en muy pocos datos, aunque a decir verdad, me sorprendería que una revista como Nature acepte trabajos de discutible rigor. Seguramente es que carezco de los criterios para entender trabajos de este tipo o que me falta parte de la información. En cualquier caso, a partir de ahora me propongo mirar con un pelín más de escepticismo los estudios de las publicaciones con marchamo de “prestigiosa”.

Más información:

Psychology: Red enhances human performance in contests
Nature 435, 293 (19 May 2005) doi: 10.1038/435293 a

16.5.05

Agua “magnética” y corrientes de Foucault

Nunca gana uno para sorpresas. En la pasada Feria Madrid por la Ciencia, un alumno que exponía en un stand se ofreció a demostrarme que el agua era magnética, y lo hizo con un sencillo experimento: acercó un potente imán de neodimio a un globo con agua, equilibrado con otro globo similar en los extremos de una varilla que colgaba de un soporte. Efectivamente, al acercar el imán a uno de los globos, se apreció una repulsión y el sistema giró. Repitió la experiencia con unas uvas equilibradas de la misma manera, y también se produjo una repulsión similar, “porque las uvas tienen agua, que es magnética”, insistía.

¡Agua magnética! Me recordó el caso de una pobre vecina que hace años compró una jarra para magnetizar el agua y así, según las promesas del desaprensivo comercial, depurarla y eliminar los malos sabores. La única verdad es que mi vecina pagó 16.000 pesetas de entonces por una jarra de cerámica con un imán pegado en el fondo (aunque durante un tiempo mi vecina estuvo firmemente convencida de que esta agua sabía mucho mejor). El sistema para magnetizar el agua era tan eficaz como el de colocar imanes en el colchón para mejorar el descanso o llevar brazaletes magnéticos para proteger la salud. Son simples fraudes, amparados por la credibilidad y la ignorancia.

Es verdad que el agua forma dipolos eléctricos, pero no se magnetiza tan fácilmente. Entonces, ¿cómo se explica la repulsión que experimenta el globo al acercar un imán? Bueno, se puede justificar por la aparición de lo que los físicos llaman “corrientes de Foucault”. Es un poco complicado, pero trataré de explicarlo.

Si dejamos caer a la vez un imán potente y una pesada tuerca de hierro sobre una placa gruesa de aluminio o de cobre, veremos que la tuerca cae antes; es como si el imán se frenara. El motivo es que un campo magnético variable (por ejemplo, el generado por el imán que se acerca) provoca la aparición de corrientes inducidas en la placa conductora, que a su vez generan un campo magnético, con la peculiaridad de que este campo inducido se opone al campo que lo provocó. Es decir, al mover el imán hacia la placa, la propia placa se comporta como un imán de campo opuesto, por lo que se produce repulsión entre la placa y el imán.

Esto explica el comportamiento del globo de agua. Al acercar el imán se genera una corriente inducida y un campo magnético opuesto al del imán, débil pero suficiente para desplazar lentamente el sistema en equilibrio. De hecho, si en lugar de colgar de los extremos de la varilla dos globos de agua se ponen dos piezas de cobre o de aluminio, que son materiales no magnéticos, el comportamiento será similar: al acercar el imán se apreciará una repulsión en todos los casos, debido a los campos inducidos en estos materiales. Para que se produzcan los campos inducidos es imprescindible que los materiales conduzcan la electricidad.

Una receta para comprobar las corrientes inducidas

Como lo que he contado antes parece un trabalenguas, invito a hacer un experimento sencillo y espectacular para entenderlo mejor. Se necesita un tubo de cobre y un imán potente, de neodimio, que quepa por su interior (yo utilizo un tubo de cobre que compré en una tienda de fontanería. Mide alrededor de un metro, y el diámetro es de unos 2,5 cm. El diámetro del imán debe ser cercano, de unos 2 cm).

Se deja caer por el tubo un trocito de esponja, o de papel, para ver lo que tarda en caer y, tras comprobar que el imán no atrae al tubo de metal, lo dejamos caer por su interior. Es sorprendente la lentitud con la que desciende. Mirando por la parte superior del tubo veremos que el imán baja lentamente, como flotando. Y eso es lo que ocurre; durante su caída, el imán genera una corriente inducida a lo largo del tubo de cobre, que a su vez provoca un campo magnético opuesto al del imán, por lo que se frena.

La fuerza de repulsión que ejerce el campo inducido sobre el imán no se ficticia: se puede medir. Por ejemplo, si colgamos el tubo de un dinamómetro, veremos que al dejar caer las piezas de hierro, o de esponja, el peso no se altera, porque los objetos no interaccionan con el tubo. Sin embargo, al dejar caer un imán potente el dinamómetro marca un peso mayor: se trata de la fuerza de repulsión entre el imán y el campo inducido generado en su caída.

15.5.05

Frank Wilczek o la inimaginable realidad

Los creativos suelen caracterizarse por su pensamiento lateral o divergente, también en el ámbito de las ciencias. Un buen ejemplo es Frank Wilczek, Nobel de Física de 2004 por sus trabajos en el ámbito de la cromodinámica cuántica (QCD) y la hipótesis de la libertad asintótica.

Poco después de la concesión del Nobel ya expresé en un post mi admiración por el pensamiento divergente de los investigadores de este campo (el artículo, que profundiza en el sorprendente mundo de las partículas elementales, se llama “Nobel de Física... a la creatividad”), pero recientemente tuve la ocasión de conocer personalmente a Wilczek en una conferencia que dio en Madrid y, francamente, superó mis expectativas de estar ante un gran creativo de la ciencia.

A sus 53 años Wilczek, ataviado con un traje negro sobre una camiseta del mismo color decorada con las ecuaciones de Einstein, mostraba un aire juvenil y de “chico malo” al que contribuía una sonrisa estereotipada, que mantenía incluso en el nudo de los desarrollos matemáticos más duros.

De entrada empezó asociando creatividad y ciencia, algo nada habitual, y aclaró que sus planteamientos eran bastante complejos, ¡y vaya si lo eran! Lo difícil no fue su presentación de la ecuación de Dirac, con su correspondiente aparato matemático, sino sus sorprendentes visiones del espacio y del tiempo.

Para Wilczek el espacio y el tiempo están relacionados, y la realidad es inimaginable. El universo es mucho más extraño y complejo de lo que uno puede asimilar. Un detalle de esa complejidad es que la materia ordinaria, de la que están hechas las cosas que conocemos y nosotros mismos, constituye tan solo un cinco por ciento del universo. El resto es materia oscura, que contribuye a la gravedad, pero que desconocemos. El tiempo no transcurre: simplemente es. No tiene principio y final; “forma parte del universo de forma indivisible y no se puede cortar como si fuera una salchicha.”

A pesar de la complejidad del universo, Wilczek recordó la opinión de Dirac de que “los científicos tratan de explicar de forma sencilla las cosas más complejas, justo al revés que los poetas”. De ahí la importancia de profundizar en el conocimiento del universo, para poder describir cada vez más cosas con menos leyes. Wilczek se refirió en varios momentos a las fuerzas fuerte, electromagnética y débil, pero eludió la gravitatoria y, quizá para evitar las preguntas en ese sentido, aclaró que la unificación está muy lejos, con un horizonte superior a los treinta años. Todo un jarro de agua fría para los que veíamos próxima la teoría del todo.

Sin embargo, Wilczek se refirió con entusiasmo del nuevo acelerador de partículas que construye el CERN en Ginebra, que nos ayudará a saber qué ocurre a distancias millones de veces inferiores a las mínimas que conocemos hoy. Eso nos permitirá llegar al futuro y al pasado, a los primeros instantes del big bang, incluso a lo que sucedió justo en la enorme contracción anterior al big bang. Detrás de todo ese esfuerzo se esconde la búsqueda de la supersimetría, una teoría que permita explicar el origen de todo, una eterna aspiración de los físicos.