19.7.05

¿Por qué le llamamos eficiencia energética cuando queremos decir subvención?

Las subvenciones, incentivos, exenciones fiscales, y las diferentes formas de pagar entre todos los elevados costes de lo que solo acaba beneficiando a unos pocos, son una fuente de opacidad que impide el análisis objetivo, sereno e imparcial de las fuentes energéticas y de su eficiencia.

Pensemos en la energía nuclear, por ejemplo. El pasado mes de junio el presidente del Foro de la Industria Nuclear Española, Eduardo González, defendía un incremento de esta energía –que el pasado año supuso la cuarta parte de la producción eléctrica en España- porque “el modelo energético no puede depender de los combustibles fósiles por el precio y por el cambio climático” y aprovechó para recordar que el “coste medio de producción es de 0,1083 euros por kilowatio-hora.” Pero, ¿es realmente ese el coste real del kW·h? ¿Se incluyen ahí las ayudas oficiales iniciales y la compensación por la moratoria nuclear? ¿Y la elevada factura de gestión de los residuos? ¿Y los costes de desmantelamiento de la propia central?

El caso de las energías alternativas

Esta falta de transparencia con los temas de la energía dificulta la toma fundamentada de decisiones y da soporte al discurso demagógico. Pero si es difícil evaluar el coste en una energía tradicional, hacerlo con las energías renovables es una pura entelequia.

Pensemos por ejemplo en la energía solar fotovoltaica. En la espectacular placa solar que se instaló en el Fórum de Barcelona, hubo tímidas voces que recordaban que el consumo energético para producir esa instalación era muy superior a la energía que llegaría a producir. Es decir, que bajo el punto de vista de eficiencia energética, hicieron un pan con unas tortas.

Pero no hay datos que permitan hacer un análisis serio, de modo que la valoración queda al albur de los medios. Así, si un político decide subvencionar una instalación fotovoltaica con, pongo por caso, silicio monocristalino, los medios afines abundarán en lo ecológico de esta propuesta, pero seguramente obviarán el costoso proceso para llegar a ella. Olvidarán decir que primero habría que reducir la sílice de la arena con carbón, hasta romper los fuertes enlaces del silicio con el oxígeno, y que finalmente sería emitido a la atmósfera como CO2. Obviarán que después habrá que tratar el silicio con halógenos para obtener un compuesto volátil que habrá que purificar por destilación y posteriormente descomponerlo para formar silicio puro, con la inevitable emisión de los dañinos radicales halógeno. Y eso no es todo; más tarde habría que fundir el silicio obtenido para formar un gran monocristal por crecimiento controlado, y por último cortarlo en obleas capaces de transformar la luz solar en una débil corriente eléctrica. Si una oblea se trocea en pequeñísimos fragmentos y cada uno sirve para construir un chip o para alimentar una calculadora, este esfuerzo será muy rentable. Pero si la idea es cubrir un tejado con estas costosísimas obleas para producir electricidad, seguramente nunca llegaremos a recuperar la energía que se tuvimos que emplear en la fabricación. Es decir, estaríamos despilfarrando energía. Pero claro, si un político ávido de medallas decide subvencionar la instalación, la electricidad nos saldría gratis, aunque tenga un coste altísimo para el planeta.

Tampoco se libra la energía eólica de esta corriente de desinformación. En un reciente artículo publicado en Diagonal, Pedro Prieto explicaba que “un generador eólico de 2,3 MW (harían falta entre 3000 y 5000 aparatos de este tipo para sustituir a la central nuclear de Almaraz), supone 1000 toneladas de hormigón para los cimientos, 150 toneladas de acero, varias toneladas de cobre y unas 30 toneladas de fibra de vidrio para las palas. Una España eólica en electricidad supondría un gasto del 70% del acero que se consume en España, unas dos veces el cemento que se consume en España y unas dos veces la fibra de vidrio que se consume en el mundo.” Por otro lado, Javier Álvarez Vara denunciaba esta semana en Cinco Días la “la falta de transparencia que rodea al apoyo oficial a esta tecnología -basta con fijarse en la adjudicación de autorizaciones a los parques y las plusvalías en la reventa de algunas de estas concesiones-. Una vez se pusieran todos los elementos en la balanza, la política de apoyo temporal y transparente sería la única sensata. Un cambio en los incentivos, que el mercado de concesiones nos indica excesivos, conduciría, además, a la utilización de las tecnologías eólicas más eficientes de entre las hoy en día disponibles. El actual sistema de primas incentiva la ocupación rápida del territorio, al margen del aprovechamiento óptimo de los recursos eólicos existentes.”

El hidrógeno, el vector energético esperado

¿Y qué decir de la utilización del hidrógeno? Los ensayos técnicos apuntan que la tecnología de las pilas con hidrógeno es válida para dispositivos de bajo consumo y alto coste, como ordenadores portátiles y móviles, pero absolutamente inadecuada para sustituir a los combustibles fósiles. Entonces, ¿por qué los fabricantes de vehículos hablan con tanto optimismo de la proximidad de una economía basada en el hidrógeno? Pues fundamentalmente por las fuertes subvenciones públicas a esta energía, que ocultan la rentabilidad real. Y también en la escasez de luces –o tal vez sea pura demagogia, no sé qué es peor- de algunos políticos, que ven en el hidrógeno la gallina de los huevos de oro y una máquina de atraer votos de todas las corrientes. Por ejemplo, en 2003 Bush logró la aprobación de un importante proyecto sobre las pilas de combustible de hidrógeno. Un proyecto que también estaba en el programa de Kerry, y con mayor compromiso de inversión. La propia Comisión Europea se ha propuesto fomentar el paso a una economía basada en el hidrógeno, para lo que está apoyando ambiciosas iniciativas tecnológicas para la producción, almacenamiento y distribución de hidrógeno. El gobernador de California aún va más lejos. Arnold Schwarzenegger ha decidido promover la construcción de una red de estaciones de servicio de hidrógeno, convencido de si hay estaciones habrá vehículos de hidrógeno. Desgraciadamente ha sido menos original en el diseño de las estaciones, que utilizarían gas natural para producir hidrógeno (y por tanto, grandes cantidades de CO2).

En lo que parece haber acuerdo general es en que la fuente energética más ecológica y sostenible es el ahorro y la eficiencia, pero ¿cómo se puede evaluar la eficiencia de una fuente energética con tanto oscurantismo? Para evaluar adecuadamente las inversiones y dirigir los esfuerzos en el sentido adecuado es fundamental disponer de datos homogéneos, que contengan todos los factores objetivos y no incluyan el ruido de las subvenciones.

La relación coste-beneficio debe estar detrás de toda decisión política, para que con la excusa de una acción ecológica no se acabe provocando justamente lo contrario. Y es que, no lo olvidemos, la demagogia es uno de los peores enemigos del medio ambiente.

16.7.05

Crónica de una tragedia anunciada: aniversario de la primera explosión nuclear

Esta semana se celebra –es una forma de hablar- el sexagenario de un macabro experimento, que daría un giro radical a la historia de la Humanidad. Se trata de la primera explosión nuclear, que tuvo lugar en el desierto Jornada del Muerto, en Alamogordo (Nuevo Méjico).

El experimento -bajo el sugerente nombre en clave de Trinity, al parecer propuesto por el mismísimo Robert Oppenheimer- se diseñó para ensayar una nueva arma desarrollada en Los Álamos. Sería la primera explosión nuclear provocada por el ser humano, y respondía a la necesidad de disponer de datos experimentales sobre su poder destructor, porque solo había estimaciones deducidas de los cálculos. Obviamente, Oppenheimer no eligió el nombre de Trinity por la atractiva protagonista de Matrix, escenario previsible en una hipótesis de desarrollo incontrolado del poder nuclear, sino que se inspiró en un pasaje del Bhagavad-Gita hindú, de donde tomó el concepto de trinidad entre el creador (Brahma), el protector (Vishnu) y el destructor (Shiva).

Para medir los efectos del Trinity, era necesario calibrar los instrumentos, por lo que se detonaron unos meses antes del experimento 108 toneladas de TNT apiladas entre tubos repletos de productos de fisión. Lograron así una explosión sin precedentes que, sin embargo, resultó muy débil comparada con Trinity, por lo que algunos aparatos resultaron dañados y se perdieron muchas de las mediciones previstas.

También salieron mal parados resultaron algunos de los asistentes al experimento. Al fin y al cabo las normas de seguridad eran casi inexistentes. Baste decir que el plutonio necesario para el núcleo de la bomba se transportaba sin ninguna protección especial, o que los componentes se ensamblaron en el rancho McDonald de Alamogordo, desde donde fueron llevados al punto cero para montar la bomba. El montaje final se llevó a cabo ¡en una simple tienda de campaña!
Con estos antecedentes sorprende que no hubiera muchas víctimas entre los asistentes, aunque la información en este sentido es confusa. Hay algún documento de Los Alamos National Laboratory sobre este aspecto, pero parece que se trata de información restringida. Al menos yo no he podido acceder a él (LA-3719 Health Physics Survey of Trinity Site). Sí parece que resultaron seriamente irradiados algunos grupos de soldados que asistían como cobayas protegidos por simples trincheras.

El día 16 de julio, a las cinco y media de la mañana, se dio la orden de detonación. Oppenheimer la siguió desde un cobertizo situado a unos diez kilómetros del punto cero, y aunque dio instrucciones de ponerse de espaldas a la explosión para protegerse del fuerte resplandor, no pudo evitar que varios observadores quedaran cegados por la luz. Los cronistas recogen la profunda satisfacción de un Oppenheimer convencido de que había encontrado el arma que pondría fin a la Segunda Guerra Mundial, como sucedió realmente. Pero Oppenheimer no hubiera estado tan orgulloso de saber que acababa de cortar la cinta inaugural de una era trágica, cuyo primera manifestación tendría lugar un mes después, cuando cayeran sobre Hiroshima y Nagasaki los mortíferos ingenios nucleares que cambiarían la historia. Y que más tarde daría inicio a la guerra fría, una época peligrosa en la que el crecimiento desmedido de las armas nucleares amenazaría la propia supervivencia del planeta.

Afortunadamente, la cordura volvió al panorama político a través de acuerdos de no proliferación nuclear entre las superpotencias. Sin embargo, todavía sufrimos las secuelas de esa fiebre. Según New Scientist “disfrutamos” de un preocupante legado nuclear, con nueve naciones con armamento atómico, 27000 bombas y 1855 toneladas de plutonio en el mundo. Hay además numerosos países que, si bien no disponen de armamento nuclear, poseen los materiales y la tecnología para desarrollarlo.

O sea, que el aniversario de la primera explosión nuclear provocada no es una celebración de las de tirar cohetes -nunca mejor dicho- ni de las que la humanidad deba estar orgullosa. Pero sí es un motivo para buscar el entendimiento entre los pueblos. Las naciones siguen sin ponerse de acuerdo y los tímidos intentos de control nuclear no pasan de actuaciones cosméticas. Es el caso del acuerdo alcanzado en Viena hace pocos días entre 89 naciones que decidieron hacer un seguimiento más intenso de los materiales atómicos. Se agradece el intento, pero ¿es suficiente?