23.10.05

¡Que pague el autor!

Parece surrealista, pero no; es una propuesta firme que está comenzando a hacer mella en el ámbito de las revistas científicas. Se trata de una tendencia que avanza imparable hacia las publicaciones de acceso gratuito, con contenidos abiertos a través de Internet. La financiación provendría de los autores, generalmente a cargo del presupuesto de su proyecto de investigación.

Este nuevo modelo está siendo adaptado por un número creciente de instituciones científicas para resolver el problema del alto coste de las revistas. Las revistas de mayor prestigio -Nature, Science, Journal of American Chemical Society...- se financian con las elevadas suscripciones que pagan las bibliotecas de los centros de investigación. El coste global para las bibliotecas es de escándalo, y lo peor es que muy pocas personas pueden acceder al contenido.

Formalmente no es un modelo nuevo. Ya se venía empleando en revistas científicas de papel, pero restringido a las publicaciones de bajo o nulo criterio de revisión por pares y, por tanto, con escasa credibilidad entre los expertos. Estas revistas se aprovechan de la fiebre de los investigadores por publicar, sea lo que sea. Cuando un trabajo es rechazado por las revistas de prestigio, el autor paga gustosamente por publicarlo en otras porque los artículos son la medida externa de su productividad y van asociados a su progreso en la carrera profesional. De modo que ven este gasto como una inversión imprescindible. Por tanto, mientras sea la cantidad -y no solo la calidad- lo que cuente como mérito, siempre habrá demanda de espacios para publicar, cuesten lo que cuesten.

La idea de que pague el autor resulta razonable, siempre que se garantice el rigor absoluto en la selección de los trabajos. Hasta ahora, las revistas de más prestigio se apoyan en la credibilidad de su comité editorial: cuanto mejor hacen la criba y revisión editorial, mejor compiten. En el nuevo modelo este criterio se pervierte: cuantos más trabajos publiquen, más gana la revista. Por eso existe el riesgo de que cedan ante la “incontinencia publicadora” de muchos científicos de medio pelo, y de que se publiquen muchos artículos insuficientemente contrastados.

¿Cómo evitarlo? Creo que apelar al filtro ético personal del investigador es una forma segura de perpetuar el monopolio de las revistas tradicionales. Más razonable es mantener el riguroso sistema editorial de revisión por pares, similar al que prestigia a las grandes revistas de papel. Así es como lo entienden instituciones como la Public Library of Science, de acceso gratuito, donde para publicar hay que superar una exigente revisión del artículo, como en las revistas tradicionales, y luego pagar con cargo a la institución que publica. Esto es a la larga más barato que la compra de revistas y, desde luego, llega a muchísima más gente. Además es un modelo sostenible para las editoras científicas.

Otra medida para controlar la incontinencia publicadora es limitar el número de trabajos a presentar en los concursos públicos. Por ejemplo, pedir a un investigador que presente solo los diez trabajos más relevantes de su carrera, los más completos, más fundamentados, más citados, los que han tenido un impacto mayor en la comunidad científica... En definitiva, los que merezcan de verdad ser considerados. Así se evitarían esas memorias voluminosas, llenas de artículos con escasas ideas repetidas hasta el infinito, enviadas una y otra vez a congresos y revistas irrelevantes. Son publicaciones a granel, que solo sirven para alimentar la vanidad y la carrera de los científicos mediocres. Eso explica que tengamos uno de los sistemas que más publicaciones genera y, sin embargo, menos patentes produce, porque el punto de mira se pone en el grosor del currículo personal, y no en la creatividad, la innovación y la transferencia a la sociedad y a la empresa del progreso realizado.

O sea, que el tipo de evaluación de la actividad investigadora condiciona no poco el tipo de investigación que se realiza. Hasta ahora, la calidad de un trabajo se asociaba a la de la publicación que acababa por aceptarlo. Si se cambiara el sistema de evaluación, la calidad vendría dada por el impacto real (en número de referencias generadas, pero también de patentes relacionadas). Y en términos de impacto, Internet es el canal perfecto, porque llega a muchos más científicos de cualquier lugar del globo. Así que un sistema editorial de calidad, como el de las grandes revistas, asociado a un canal como Internet, proporcionaría un gran impulso a la investigación de calidad.

PLoS Biology - www.plosbiology.org
PLoS Medicine - www.plosmedicine.org