31.12.08

Libros, amores y traiciones imperdonables

En la librería de un híper, donde las obras se disponen en lineales como las verduras, los lácteos y los artículos de limpieza, es difícil atinar en la selección de un libro. Por si fuera poco, el retráctil plástico que lo preserva del manoseo por dedos que vienen de la fruta y de los congelados, deja pocas posibilidades a una cata inicial. Así que uno debe dejarse guiar por atributos externos y, especialmente, por la portada. Cualquier cosa es mejor que preguntar al empleado, que observa el lineal con gafas de reposición, como las que emplea en la zona de bollería. “Éste es el que se vende más”, es la máxima información que lograrás extraerle.

"...el acto no se consumará en el híper, ni siquiera al llegar a casa. Habrá que esperar a ese momento especial, de intimidad absoluta, para descorchar el vino, tomar el libro y dejar que se desaten las emociones."

De modo que es la portada –con el conjunto de sus atributos, claro- la responsable del amor a primera vista. Tras el flechazo sostenemos delicadamente el libro entre las manos con cierta excitación, como tratando de anticipar los momentos de gozo que nos deparará. Y desde ese momento el libro pasa a ser un objeto especial. Lo pondremos en una zona protegida del carrito –generalmente, la destinada a transportar a los bebés- a salvo de las hortalizas, el detergente y el pescado y, al paso por caja, destinaremos una bolsa única para él, elevándolo a la categoría del crianza que también acabamos de adquirir.

Pero el acto no se consumará en el híper, ni siquiera al llegar a casa. Habrá que esperar a ese momento especial, de intimidad absoluta, para descorchar el vino, tomar el libro y dejar que se desaten las emociones. Con taquicardia, retiramos el retráctil –a veces con cierta rudeza, superados por la impaciencia- abrazamos el ejemplar y deslizamos ávidamente la mirada entre sus cubiertas. Pocas experiencias son tan gratas como las de acariciar un buen couché e, incluso, de oler su interior. Y más aún cuando nuestra mirada recorra cada carácter, cada línea, cada capítulo, y nuestra mente se funda con la obra en esa magia que solo aporta la lectura.

Pero ese umbral hacia el éxtasis es, con frecuencia, un anuncio de desastre, agravado por el fraude a nuestras expectativas, previamente reforzadas en el paso por caja. Abres el libro y encuentras una pésima edición y, lo que es peor, una historia banal, y se te cae de las manos. Hay quien tratando de salvar los muebles se impone una lectura rutinaria, como quien se impone cien abdominales cada tarde, pero yo prefiero cerrar página y olvidar el fracaso cuanto antes. Existen demasiadas obras buenas por descubrir como para perder un tiempo precioso en el libro equivocado.

Y es que elegir libro en un hipermercado es tan arriesgado como conocer a una chica en una noche de copas. Bajo una música estridente las conversaciones se reducen a voces entrecortadas y gritos de comanda. La comunicación se basa en lo gestual y en el roce físico. Te engancha el aspecto externo, la cubierta de la chica, pero no hay forma de penetrar en su alma; de ahí el riesgo en la elección. Unos días después quedas con ella en una terraza tranquila, exploras ilusionado su interior y descubres, atónito, que no hay nada; todo era fachada.

Claro que no resulta fácil adentrarse en el interior de una persona que te ha deslumbrado por su aspecto externo -don José Ortega decía, cabalmente, que “ante una mujer extraordinariamente bella, uno se siente turista, en vez de amante”-, porque conocer el interior exige tiempos largos de conversación, de lectura pausada, de recrear la historia y reinventarla juntos. Por eso cuando hace años aparecieron los chats de Internet, pensé que serían herramientas ideales para el enamoramiento. En aquellos chats iniciales, sin posibilidad de ver al otro, solo podías presenciar su interior. Y quien lograra encontrar a alguien sincero tendría garantizado un acceso privilegiado a su alma, sin los engañosos espejismos del físico. De modo que aventuré que los enamoramientos vía chat serían más profundos y duraderos que los habituales. Una vez enganchado del interior del otro es fácil asumir su aspecto externo, convertido en mero contenedor de un tesoro. ¿Qué importa que el libro sea feo si su historia es única?

No sé si esto será realmente así, pero al menos hay una historia muy reciente que lo corrobora, una historia real. Amy Taylor, de 28 años, conoció a David Pollard, de 40, a través de un chat. Se enamoraron y decidieron casarse, primero con sus respectivos avatares en Second Life, y luego en un juzgado real. Aunque la realidad –dos personas muy obesas, de contexto económico modesto- nada tenía que ver con la de sus atléticos y ricos avatares, primó el gancho del interior frente al de la portada. Pero lo inaceptable es que Amy pilló a su marido –a su avatar, más bien- con una prostituta virtual en Second Life y, más tarde, flirteando con otros avatares femeninos. Amy se sintió tan traicionada que no dudó en solicitar el divorcio. Y con razón. Una cosa es un desliz puntual en el mundo real, gobernado por lo físico, y otra muy diferente es tontear con el interior. Si lo virtual es más sólido que lo físico a la hora del enamoramiento, también debería ser más exigente a la hora de la fidelidad.

Si bien sería duro saber que tu compañera ha tenido una aventura con un “boy” en una despedida de soltera, resultaría insoportable compartir con otro la emoción de penetrar en su alma, obviamente un espacio virtual. Si ella dejara a un extraño leer las páginas que solo abrió para ti sería una traición imperdonable.

Cierre de la Feria de la Ciencia, o el chocolate del loro presupuestario de la CM

“Como en los viejos chistes, tenemos dos noticias, una buena y otra mala.” Así empezaba un email de José González, director de la Feria de la Ciencia, para comunicarme que la décima Feria no se va a celebrar, al parecer por motivos presupuestarios. La buena noticia era que el jurado del concurso Ciencia en Acción 2008 había otorgado, por unanimidad, el Premio Especial del Jurado, de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT), a la Iniciativa de la Feria, porque implica "el acercamiento de la ciencia a la ciudadanía y la difusión de la cultura científica, así como la participación de alumnos, profesores e investigadores en la comunicación de la ciencia”. El jurado destacó también "el carácter pionero" de la feria y valoró su "actitud abierta hacia iniciativas de sociedades científicas, universitarias, centros de investigación y centros de enseñanza secundaria, actores principales en la comunicación de la ciencia y la tecnología".

Organizadores de la Feria de la Ciencia junto al diploma del premio de la FECYT. José González está al otro lado de la cámara.

El galardón otorgado amplifica, si cabe, la desoladora noticia del cierre. Desde que se puso en marcha en 2000, la Feria de la Ciencia ha demostrado que es posible acercar la ciencia al ciudadano de a pie, implicándolo, además, en el trabajo de los científicos. Las largas colas en la entrada de los pabellones de IFEMA son la demostración clara de que la ciencia interesa a todos cuando se presenta de forma abierta, interactiva e inteligente. Ese ha sido el principal logro de nueve intensos años de historia de esta Feria multitudinaria, participativa, insólita, que en su pasada edición recibió más de 150.000 visitantes, principalmente niños, profesores y familias.

Puede resultar paradójico este desmesurado interés por la ciencia en un país con calamitosos resultados en las pruebas internacionales. Pero no lo es; el ciudadano tiene interés por la ciencia, un fenómeno que impacta directamente en su vida, pero necesita puentes que le faciliten el acceso, que traduzcan el lenguaje críptico, que le contagien la emoción del descubrimiento. La Feria de la Ciencia fue, durante sus nueve años de vida, ese puente directo hacia el conocimiento, pero mantenerlo tendido requiere una mínima implicación por parte de los políticos y, para nuestra desgracia, la ciencia está completamente fuera de la cortedad de sus esquemas.
Eso explica que, a punto de cumplir su décima convocatoria, la Comunidad de Madrid haya decidido acabar con este acontecimiento tan especial. La excusa de la crisis tiene poco peso cuando se conoce que el mero acto de inauguración de los teatros del Canal, al que no asistieron ni las autoridades municipales, supuso un gasto equivalente a la mitad del presupuesto de la Feria. Y basta con muy poco dinero para dar cauce a la energía que aportan los centros escolares, que llevan meses preparando su participación. De hecho, las primeras convocatorias fueron extraordinariamente austeras y, sin embargo, cumplieron bien su cometido. No, no es cuestión de presupuesto, sino de desinterés. Bueno, y de las batallitas de poder entre los políticos, con sus daños colaterales. No olvidemos que la Feria nació con un grave “pecado original”, el de ser convocada por la Consejería de Investigación y no por la de Educación -“¿No participan centros escolares? Pues la quiero para mí...”- De modo que lo que era un éxito para los ciudadanos era una china en el zapato para el agraviado Consejero de turno. Y a mayor éxito, mayor duelo. Así que el cierre de la Feria vendría a resolver agravios y a poner paz entre nuestros próceres, que podrán reinstalarse en su inopia habitual. ¡Qué estrés, tanta gente interesada por la ciencia!
Ni los éxitos cosechados, ni el galardón obtenido, ni siquiera la ilusión de los colegios, universidades y centros de investigación por continuar, ha impedido el absurdo cierre. De hecho, hay centros educativos que llevan meses preparando su participación de cara a la X Feria, una actividad consolidada que ya se había integrado en la programación anual. La convocatoria en el BOCM no ha sido retirada, por lo que se hará una presentación virtual para mantener las apariencias sin comprometer en exceso a nuestros sufridos políticos.
¿Cómo vamos a despegar en ciencia y tecnología con gestores tan miopes? Tenemos, sin duda, la ciencia que nos merecemos, la única compatible con la escasez de miras de quienes nos rigen. Y cuando la prensa airee los próximos resultados internacionales de las pruebas de ciencias nosotros nos consolaremos criticando nuestro sistema educativo, mientras estos políticos inanes siguen enzarzados en enredos estériles.