20.9.09

Las TIC como crecepelo

Un personaje entrañable del western clásico era el buhonero, que trasladaba en su carreta una infinidad de género -como las tiendas de los chinos pero en versión ambulante- para surtir a los desabastecidos pioneros. Entre ellos, un grupo peculiar lo constituían los charlatanes, que ofrecían remedios universales, generalmente un elixir milagroso traído del lejano oriente, al que no se le resistía ninguna dolencia, malestar o inconveniente, de la gastritis a la alopecia. En este caso, la condición de ambulante venía forzada por la necesidad de salir por piernas de cada población, bien porque el milagro se hacía esperar, bien porque los resultados no eran precisamente los anunciados.

Con las TIC pasa lo mismo. Sube un buhonero charlatán a la tribuna del Congreso y ofrece el remedio curalotodo para los males de la educación. ¡Y se lo compran sin rechistar hacer ni una sola prueba! El elixir TIC obnubila a los políticos.. y a muchos pedagogos. Poco importan los informes experimentales que evidencian la dudosa eficacia del remedio, al menos, si se aplica con escasez de criterios. Nadie objeta ante el crecepelo milagroso.

Que los políticos caigan rendidos ante el ordenador no me sorprende. Ante una grave situación educativa, es infinitamente mayor el impacto mediático de abarrotar las aulas con ordenadores que el de incorporar profesores de apoyo. Al fin y al cabo, los efectos solo se verán a largo plazo, más allá del horizonte electoral. Lo que me cuesta aceptar es el embeleso de los pedagogos ante el discurso embaucador de las TIC. ¿No recuerdan que las grandes innovaciones educativas tienen que ver con la reflexión y la acción, pero no con la tecnología? ¿No ven que los países que destacan en las pruebas internacionales tienen menos dotación tecnológica que nuestras regiones más atrasadas? ¿Por qué, entonces, aplauden al charlatán en vez de lanzarle tomates o sacarlo del estrado a gorrazos?

Si algo hemos aprendido es que estamos en un entorno de amplísima diversidad, donde cada alumno parte de una posición diferente, con sus propios organizadores y preconcepciones, sus propios intereses y sus propios modelos y ritmos de aprendizaje. Por tanto, el "café para todos" no sirve, llámese clase magistral, manual enciclopédico o minipecé. Ante un entorno tan diverso hay que dar la bienvenida al ordenador como un recurso poderoso para enriquecer -nunca para sustituir- la lista de recursos disponibles. He llegado a ver almacenados en cajas los materiales de un laboratorio de ciencias -relativamente moderno y bien surtido- para hacer sitio a una nueva aula de informática, y eso es una desgracia para el aprendizaje. ¿Se puede aprender mecánica con un laboratorio virtual? Sin duda, pero ¿es esta la forma de lograr una mejor experiencia de aprendizaje? ¿Quién se pondría en manos de un cirujano a sabiendas de que todo su entrenamiento clínico lo ha hecho mediante un ordenador?

Los pedagogos seducidos por el discurso del charlatán explotan el argumento facilón de que el ordenador ha conquistado todos los ámbitos de la sociedad, mientras que las aulas siguen ancladas en un modelo básicamente transmisivo, desfasado e ineficaz. “Si todo el mundo usa el ordenador, ¿cómo es que no está en la escuela?”. Este es un discurso pernicioso y erróneo, que explica las grandes inversiones fallidas. La pregunta es “qué debemos cambiar del modelo educativo actual para atender mejor la diversidad creciente”, y “qué pueden aportar las TIC dentro de este nuevo modelo”.

Es ingenuo pensar que la tecnología por sí misma va a provocar grandes cambios en el aula. Al contrario, las experiencias demuestran que al incorporarse como mero sustitutivo de otros recursos, como el libro de texto, sin una reflexión profunda sobre la organización de los agrupamientos, los espacios y los tiempos escolares, refuerza aún más lo que ya se venía haciendo y no contribuye a la innovación y mejora educativas.

La venta del elixir curalotodo es fácil, porque nos ahorra la compleja decisión entre otros numerosos recursos disponibles, y poco arriesgada para el charlatán, porque los resultados vendrán en el largo plazo. De modo que cuando un informe serio analice los resultados, como ha ocurrido recientemente con el demoledor análisis tras ocho años de implantación de las TIC en las Landas, el charlatán ya estará lejos o habrá sacado otro distractor de su carreta.

21.8.09

El impostor

El País semanal lleva a Pablo Rivero a la portada caracterizado de Tintín, un desatino -o una provocación, vaya usted a saber- que solo se explica desde el desconocimiento absoluto del personaje (Tintín, claro). Vamos, es como poner a Santiago Segura en el papel de Francisco de Asís o a Loles León en el de Isadora Duncan. Basta un rápido vistazo a la viñeta del original para entender la imposible convergencia. El héroe aparece en momento de máxima tensión, corriendo seguramente tras un malvado, pero eso no borra la ingenuidad de su rostro, su mirada pura, ni su gesto de generosidad tozuda, de entrega incondicional a las causas justas. Es Tintín, además, un héroe lleno de ambigüedad: atrevido, tierno, pasional, reflexivo, valiente, cercano y vulnerable. Y un tanto asexuado, como si el desarrollo hormonal se hubiera paralizado en la pubertad. Naturalmente, carece de relaciones sentimentales conocidas.

Nada que ver con el impostor -Rivero- que monopoliza portada y reportaje. Posa seguro ante los focos, sobrado, autosuficiente y con mirada dominante, como de perro pastor ante un rebaño entregado. Desborda masculinidad en los detalles -barba de varios días, nuez prominente, mandíbula poderosa…-, que no logra ser acallada por ese grotesco mechón, con el que pretende suplantar al heroico reportero.

Señores periodistas, entérense de que los personajes tienen alma, y que no basta pasar varias horas en la mesa de maquillaje para capturarla. Si me permiten una sugerencia, llamen la próxima vez a Ariadna Gil, que en su gesto dulce y mirada soñadora ya lleva algo de esencia tintinófila. Los bombachos y el mechón son lo de menos.

8.3.09

Discapacitados éticos

A quien este epígrafe le sugiera un contenido irónico, cínico y hasta estrambótico, le anticipo que no será así, sino básicamente descriptivo y, si acaso, un pelín costumbrista.

Reconozco que al principio me exasperaban muchos comportamientos incívicos de mis convecinos. Por ejemplo, cuando colocan las bolsas de basura en el descansillo al inicio de un largo puente, bajo el cartel que advertía que no habría recogida, o cuando lanzan colillas encendidas desde sus ventanas, o siembran de excrementos perrunos la acera, a pesar de que, eso sí, siempre llevan bien visibles unas bolsas –gratuitas- de recogida que nunca llegan a utilizar; o cuando bloquean a varios vehículos aparcados mientras van a un bar a tomar un trago o suben a echar un sueñecito, ajenos a los pitidos desesperados de quien necesita mover su coche.

Sí, reconozco mi escasa tolerancia ante estos vándalos de la convivencia, que ejercen su poderío en las juntas de vecinos oponiéndose por sistema a todo lo que no les beneficie directamente, incluso aunque beneficie a los demás sin afectar al bolsillo.

Me niego a la propuesta del 4º C de pagar de su propio bolsillo un módulo de TV árabe en la parabólica”.
“¿Quiere eso decir que propone que lo pague la comunidad?”, le preguntas.
Nooo... Me niego a que se ponga el módulo. ¿Y si yo quiero poner el Astra, y luego no hay sitio?” -Y es que los peores son los que disimulan su incivismo con argumentos efectistas, pero es fácil desenmascararlos.
Presidente, pido que conste en acta que el vecino López propone pagar de su bolsillo el módulo Astra para el disfrute de toda la comunidad”.
Noooo... -grita López saltando de su asiento- ¡yo no he dicho que vaya a pagar eso! Bueno, pues que el moro ese ponga el módulo que quiera”, -añade enrojecido por la indignación, bloqueado al verse centro de todas las miradas.
Lo peor es la agresividad con que reciben las críticas, algo que tienen bien presente todos los que les rodean, que generan un círculo protector entre la cortesía forzada y la adulación, que acaba por reforzar más aún el incivismo. Se entiende que sean los primeros en objetar contra la Educación para la Ciudadanía, porque están convencidos de que son ellos, y no la escuela, quienes deben modelar el carácter de sus vástagos. Su desprecio a los maestros se transmite inmediatamente a sus vástagos, esos personajillos que amargan la vida de tantos docentes y los hace pasto de ansiolíticos. Se reconoce a los vástagos por ese afán de dejar huella... en las paredes del ascensor recién restaurado, en la marquesina nueva del autobús o en las ventanas del vagón que acaban de estrenar. Cuidado con llamarles la atención, porque son dignos herederos del lastre incívico de sus progenitores. Se enfrentarán a cualquiera con chulería, convencidos de que “no es de nadie” lo público, lo que es de todos.

Pero debo reconocer, también, que un hecho reciente cambió radicalmente mi valoración de ese incivismo chulesco, al ser testigo de que uno de estos cafres ocupaba una plaza de aparcamiento para minusválidos.

Porque en ese instante comprendí que no había razón alguna para la denuncia, porque estos cafres cívicos son minusválidos éticos, carentes de marcos básicos de referencia para la convivencia e incapaces de asumir, por tanto, las normas cívicas más elementales. ¿Por qué no habrían de aparcar en la zona reservada para discapacitados?

7.3.09

Eufemismos hirientes

Ayer oía en la radio unas sorprendentes declaraciones de la llamada ministra de igualdad en las que afirmaba que la nueva ley del aborto –que incluye aborto libre en las primeras catorce semanas de embarazo- "evitará embarazos no deseados y protegerá al niño". Por más que trato de acostumbrarme a políticos mendaces o autistas, tanto peor, capaces de mantener que nuestra economía es la más preparada del mundo poco antes de duplicar la tasa de parados de Europa, o que ningún parado quedará sin asistencia poco antes de conocerse que hay más de un millón de parados sin ningún tipo de subsidio, me sigo viendo superado por este cinismo/autismo insultante con el que nuestros políticos se manejan.

Decir que el aborto libre desde los 16 años y sin necesidad de autorización paterna "evitará embarazos no deseados" es como afirmar que poner golosinas gratuitas en la salida de los colegios reducirá la obesidad infantil. Como inciso recordaré la paradoja de que la ley prohíbe a los ginecólogos explorar a niñas menores de 18 si no van acompañadas por su madres. Claro que el informe que enarbola la ministra llama a las niñas de 16 años "mujeres menores", un eufemismo para justificar la autonomía de decisión frente a sus padres.

La ley reducirá los hijos, sí, pero no los embarazos, que probablemente aumentarán a sabiendas de que siempre hay una "solución final" en la que los padres ni siquiera deben llegar a enterarse. Solo una mente escasa o demagógica puede concluir que la consecuencia "lógica" de interrumpir el embarazo es que haya menos embarazos, como si la consecuencia de cerrar el grifo es que hubiera menos grifos. Perdón por la simpleza, pero no es menor la de la ministra. Pues no; tanto si la citada escasez radica en la ministra, como si emplea un eufemismo para explotar la escasez ajena, el resultado es lamentable. El aborto es un drama humano y un fracaso social, y si la ley lo despenaliza dígase así y no con eufemismos hirientes.

Pero esta moda del eufemismo no solo afecta a los políticos. Acabo de saber por la prensa de la feroz polémica por la concesión de la Medalla de Bellas Artes a un determinado torero. Nunca leo noticias de toros, un lastre atávico de lo peor de nuestra "cultura", pero en este caso me atrajo un titular -Pitos y palmas avivan la polémica de la Medalla de Bellas Artes- tras el que esperaba encontrar la lógica indignación de los ciudadanos de bien porque el Consejo de Ministros hubiera considerado en la categoría de "bellas artes" las cruentas actuaciones de los matarifes en el coso taurino.

Pero no, la indignación recogida por el periódico era completamente inverosímil. Viene de otros matarifes y afines a la "faena" que protestan porque el galardonado no reúne suficientes méritos en su palmarés. "Es un torero que está bien, pero ni es artista ni figura", dicen los detractores. Otra vez los eufemismos, complicados esta vez por la jerga taurina, donde la patética realidad se rodea de giros poéticos para nombrar lo innombrable. Por ejemplo, la "faena" es la aviesa forma de engañar, asustar y herir hasta la muerte a un poderoso animal herbívoro que solo ataca al verse acorralado. El "torero" es, obviamente, el matarife que convierte en espectáculo la tortura del animal, y lo de "artista y figura" se me escapa, queda para los iniciados. El clímax de ese cinismo insensato, insensible al progreso y carente de la más básica compasión humana, eleva al matarife al grado de "maestro", el ignominioso espectáculo a "Fiesta Nacional" y la atávica tortura a una de las Bellas Artes.

Si los eufemismos se elevaran, como el toreo, a la categoría de Bellas Artes, los "intelectuales" taurinos, doña Bibiana y muchos otros políticos estarían entre los candidatos más meritorios. Claro que es posible que algunos de estos candidatos no hubieran podido ser acreedores del galardón si la eufemística ley que reduce los embarazos no deseados tuviera ya unas cuantas décadas de vigencia.

4.1.09

Los tortuosos caminos de la "infoxicación"


Esta mañana me he desayunado con un destacado titular de El País -El Vaticano asegura que la píldora anticonceptiva contamina y causa infertilidad masculina- que, de forma refleja, ha puesto en guardia todas mis defensas -"¿El Vaticano? ¿Otra vez en este lodazal? ¿Será cosa del Papa? ¿No tendrá cosas más relevantes de las que ocuparse, como la crisis económica o la invasión de Gaza?"-, pero una llamita de esperanza me ha recordado que se trataba del País, donde el indiscutible nivel de calidad informativa aún no ha resuelto ese tic de anticlericalismo irracional que parece formar parte de la identidad del medio.

Así que, con cierta prevención, sigo leyendo. Ya en la entradilla se adivina que la declaración del Vaticano no procede de declaraciones del Papa, ni de una encíclica o una carta pastoral, ni siquiera de nadie de la curia, sino de un modesto artículo del “médico español José María Simón Castellví”. Pero antes de darme tiempo a respirar tranquilo –“¡otra vez los del País! No aprenderé nunca...”- el periodista retoma machaconamente el fondo del titular:
El Vaticano ha vuelto a arremeter contra con los métodos anticonceptivos y asegura que la píldora tiene consecuencias devastadoras para el medio ambiente y es una de las causas de la infertilidad masculina...
Y por fin, ya a mitad del texto, soy capaz de recomponer la situación:
En un artículo publicado este sábado, el español José María Simón Castellví, presidente de la Federación Internacional de Asociaciones Médicas Católicas (FIAMC), asegura que los anticonceptivos orales, que comúnmente se conocen como "la píldora", pueden tener efectos abortivos y son devastadores para el medioambiente, ya que a través de la orina se liberan toneladas de hormonas.
Bueno, ya me quedo más tranquilo. No es sino una información de un médico, se ve que no muy amigo de los anticonceptivos orales, en un medio vaticano. Parece sesgada y poco relevante. Supongo que este médico habrá tomado algún dato objetivo y lo habrá llevado a su terreno opinativo, incorporando, de su cosecha ideológica, una buena dosis de alarmismo –“a través de la orina se liberan toneladas de hormonas...”-.

Y quiere la casualidad de que el siguiente medio con que me despacho sea Tendencias 21, en el que “curiosamente” -hace tiempo que dejé de creer en las casualidades- aparece un titular que me ha recordado la información anterior (vaya usted a saber por qué): La píldora puede ocasionar defectos genéticos en la vida salvaje. El breve artículo se hace eco del descubrimiento de unos investigadores de la Universidad de Idaho sobre los graves daños genéticos que provoca el 17a-etinilestradiol -estrógeno sintético que se utiliza en las píldoras anticonceptivas y que llega a la naturaleza a través de la orina humana- en la especie de la trucha arco iris.

Ya me va quedando más claro, pero he preferido ir a la web de la universidad de Idaho, para conocer su propia versión. Y la hay; bajo un titular bastante menos apocalíptico que el del País -How Flushing Toilets Can Cause Genetic Defects in Wildlife- explica que hace varios años se detectó que el agua contaminada con 17a-etinilestradiol dañaba las poblaciones de la trucha arco iris, y que ahora habían descubierto los mecanismos de esa acción, que acaban de publicar en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences. Las truchas que han entrado en contacto con agua contaminada pueden presentar trisomía, un número anormal de cromosomas. Esta condición se encuentra frecuentemente en células cancerígenas, causa el síndrome de Down en humanos y, en el caso de la trucha, produce una reducción drástica de la supervivencia de los embriones de esta especie, que pasa del 95% a la mitad, en aguas contaminadas.

James Nagler, director de la investigación, explica que el 17a-etinilestradiol resulta muy difícil de eliminar en las plantas de tratamiento, por lo que pasa finalmente al medio. Añade Nagler que esta investigación abre el interés hacia otros muchos estrógenos sintéticos, aparte del 17a-etinilestradiol, que se encuentran en los detergentes, los pesticidas y otros productos cotidianos, y que pueden afectar a los animales que usan el agua contaminada, incluidos los humanos.

De modo que detrás del llamativo titular “El Vaticano asegura que la píldora anticonceptiva contamina y causa infertilidad masculina” se esconde un modesto, y casi escatológico “Cómo puede el agua residual causar defectos genéticos en la vida salvaje”. Todo ello amplificado interesadamente primero según el sesgo “anticontrol de la natalidad” de un médico y luego según el sesgo anticlerical del País. Como ejercicio de intoxicación informativa, no está nada mal.

2.1.09

Un flash metafísico en el concierto de Año Nuevo

Pues sí, me gusta iniciar el año escuchando el concierto de la filarmónica de Viena. Y reconozco que más de una vez he “dirigido” a la orquesta de la pantalla, vigilando, eso sí, la batuta del director de turno. Hay quien escenifica la música con una plasticidad fascinante -el paradigma era Karajan- y es un espectáculo en sí mismo. Pero este año el concierto corría a cargo de Daniel Barenboim, cuya forma peculiar de llevar la orquesta, tanto más pasiva cuanto más intenso era el tempo de la composición, logró despistarme desde el inicio. Resulta que cuando la orquesta atacaba una polka, Barenboim retenía su batuta y mantenía una actitud casi estática, marcando tan solo algunas entradas y finales. Sin embargo, cuando le tocó el turno al delicado vals de Joseph Strauss “El sonido de las esferas” -Sphärenklänge- Barenboim recurrió a un fraseo detallado, acompañando el compás y guiando cada gesto de los músicos, hasta dar la sensación de que sobreactuaba.

El colmo fue cuando llegó “Bajo truenos y relámpagos” -Unter Donner und Blitz-, cuyo ritmo frenético impide permanecer estático. ¿Cómo se puede dirigir esta polka de brazos caídos, sin más instrucciones que marcar el inicio? De pronto, un pequeño gesto nervioso -su pie derecho seguía visiblemente el compás mientras el resto del cuerpo mantenía la rigidez ante la orquesta- me dio la clave. Comprendí de pronto que la pasividad de Barenboim era forzada, una verdadera actuación para demostrar su dominio escénico. Los movimientos de Barenboim no respondían al dinamismo de la composición, sino a la dificultad que presentaba a los músicos. Por eso podía atacar una polka sin moverse, y por eso pudo dirigir la Marcha Radetsky mirando exclusivamente al público. Pero ante la complejidad de Sphärenklänge no tenía otra opción que acompañar con celo cada compás.

Un gran director, en la orquesta y en la vida, no es quien necesita marcar cada movimiento a su equipo, sino quien logra los máximos resultados con gestos mínimos. Dicho de otro modo, un gran director no necesitaría bajar a los detalles, y le bastaría, si acaso, con marcar el inicio y el final. Esa economía de gestos es proporcional a su autoridad, de modo que un director omnipotente casi no debería hacer nada para que todo tuviera lugar, tanto si se trata de una melodía clásica como de la mismísima sinfonía de la creación.

No exagero. Un director omnipotente se despacharía la sinfonía de la creación con una completa teoría del todo, capaz de explicar las singularidades iniciales que acabarían desplegándose en estrellas, planetas, bosques y mosquitos. En realidad, los físicos de partículas, aunque tratan de huir de la idea de un gran director, creador del universo, se esfuerzan por lograr una síntesis primordial que permita abarcar en unas órdenes mínimas toda la creación. De momento, los cosmólogos han llevado su síntesis a cuatro fuerzas fundamentales y a tres familias de partículas, convencidos de que un universo con estas pocas reglas acabaría por desplegarse hasta generar cosas tan complejas como la mente humana o tan sutiles como un vals. Pero siguen viendo demasiada complejidad en este modelo. ¿No debería haber una única interacción fundamental que al desplegarse progresivamente diera lugar a todo lo que conocemos?

De hecho, algunos físicos dicen que el LHC es una máquina del tiempo, porque permitirá acercarse al Big Bang, al instante cero del universo. No será fácil, porque el acercamiento es asintótico, con una dificultad que crece exponencialmente a medida que nos acercamos al instante inicial. Pero podríamos ir -mentalmente, claro- un poco más allá de ese instante. ¿Qué orden fue necesaria para que toda la sinfonía se pusiera en marcha? ¿Y quién la dio? En realidad, los físicos del LHC son, sin saberlo, los modernos teólogos de nuestro tiempo. Porque cuando logren la gran unificación, la teoría del todo, la foto inicial del momento inicial del universo inicial, se preguntarán, inevitablemente, por el autor de esa instrucción mínima que dio lugar a un conjunto de procesos encadenados que llevaron, en esta primera mañana de 2009, a ese bellísimo Sphärenklänge.