8.3.09

Discapacitados éticos

A quien este epígrafe le sugiera un contenido irónico, cínico y hasta estrambótico, le anticipo que no será así, sino básicamente descriptivo y, si acaso, un pelín costumbrista.

Reconozco que al principio me exasperaban muchos comportamientos incívicos de mis convecinos. Por ejemplo, cuando colocan las bolsas de basura en el descansillo al inicio de un largo puente, bajo el cartel que advertía que no habría recogida, o cuando lanzan colillas encendidas desde sus ventanas, o siembran de excrementos perrunos la acera, a pesar de que, eso sí, siempre llevan bien visibles unas bolsas –gratuitas- de recogida que nunca llegan a utilizar; o cuando bloquean a varios vehículos aparcados mientras van a un bar a tomar un trago o suben a echar un sueñecito, ajenos a los pitidos desesperados de quien necesita mover su coche.

Sí, reconozco mi escasa tolerancia ante estos vándalos de la convivencia, que ejercen su poderío en las juntas de vecinos oponiéndose por sistema a todo lo que no les beneficie directamente, incluso aunque beneficie a los demás sin afectar al bolsillo.

Me niego a la propuesta del 4º C de pagar de su propio bolsillo un módulo de TV árabe en la parabólica”.
“¿Quiere eso decir que propone que lo pague la comunidad?”, le preguntas.
Nooo... Me niego a que se ponga el módulo. ¿Y si yo quiero poner el Astra, y luego no hay sitio?” -Y es que los peores son los que disimulan su incivismo con argumentos efectistas, pero es fácil desenmascararlos.
Presidente, pido que conste en acta que el vecino López propone pagar de su bolsillo el módulo Astra para el disfrute de toda la comunidad”.
Noooo... -grita López saltando de su asiento- ¡yo no he dicho que vaya a pagar eso! Bueno, pues que el moro ese ponga el módulo que quiera”, -añade enrojecido por la indignación, bloqueado al verse centro de todas las miradas.
Lo peor es la agresividad con que reciben las críticas, algo que tienen bien presente todos los que les rodean, que generan un círculo protector entre la cortesía forzada y la adulación, que acaba por reforzar más aún el incivismo. Se entiende que sean los primeros en objetar contra la Educación para la Ciudadanía, porque están convencidos de que son ellos, y no la escuela, quienes deben modelar el carácter de sus vástagos. Su desprecio a los maestros se transmite inmediatamente a sus vástagos, esos personajillos que amargan la vida de tantos docentes y los hace pasto de ansiolíticos. Se reconoce a los vástagos por ese afán de dejar huella... en las paredes del ascensor recién restaurado, en la marquesina nueva del autobús o en las ventanas del vagón que acaban de estrenar. Cuidado con llamarles la atención, porque son dignos herederos del lastre incívico de sus progenitores. Se enfrentarán a cualquiera con chulería, convencidos de que “no es de nadie” lo público, lo que es de todos.

Pero debo reconocer, también, que un hecho reciente cambió radicalmente mi valoración de ese incivismo chulesco, al ser testigo de que uno de estos cafres ocupaba una plaza de aparcamiento para minusválidos.

Porque en ese instante comprendí que no había razón alguna para la denuncia, porque estos cafres cívicos son minusválidos éticos, carentes de marcos básicos de referencia para la convivencia e incapaces de asumir, por tanto, las normas cívicas más elementales. ¿Por qué no habrían de aparcar en la zona reservada para discapacitados?

7.3.09

Eufemismos hirientes

Ayer oía en la radio unas sorprendentes declaraciones de la llamada ministra de igualdad en las que afirmaba que la nueva ley del aborto –que incluye aborto libre en las primeras catorce semanas de embarazo- "evitará embarazos no deseados y protegerá al niño". Por más que trato de acostumbrarme a políticos mendaces o autistas, tanto peor, capaces de mantener que nuestra economía es la más preparada del mundo poco antes de duplicar la tasa de parados de Europa, o que ningún parado quedará sin asistencia poco antes de conocerse que hay más de un millón de parados sin ningún tipo de subsidio, me sigo viendo superado por este cinismo/autismo insultante con el que nuestros políticos se manejan.

Decir que el aborto libre desde los 16 años y sin necesidad de autorización paterna "evitará embarazos no deseados" es como afirmar que poner golosinas gratuitas en la salida de los colegios reducirá la obesidad infantil. Como inciso recordaré la paradoja de que la ley prohíbe a los ginecólogos explorar a niñas menores de 18 si no van acompañadas por su madres. Claro que el informe que enarbola la ministra llama a las niñas de 16 años "mujeres menores", un eufemismo para justificar la autonomía de decisión frente a sus padres.

La ley reducirá los hijos, sí, pero no los embarazos, que probablemente aumentarán a sabiendas de que siempre hay una "solución final" en la que los padres ni siquiera deben llegar a enterarse. Solo una mente escasa o demagógica puede concluir que la consecuencia "lógica" de interrumpir el embarazo es que haya menos embarazos, como si la consecuencia de cerrar el grifo es que hubiera menos grifos. Perdón por la simpleza, pero no es menor la de la ministra. Pues no; tanto si la citada escasez radica en la ministra, como si emplea un eufemismo para explotar la escasez ajena, el resultado es lamentable. El aborto es un drama humano y un fracaso social, y si la ley lo despenaliza dígase así y no con eufemismos hirientes.

Pero esta moda del eufemismo no solo afecta a los políticos. Acabo de saber por la prensa de la feroz polémica por la concesión de la Medalla de Bellas Artes a un determinado torero. Nunca leo noticias de toros, un lastre atávico de lo peor de nuestra "cultura", pero en este caso me atrajo un titular -Pitos y palmas avivan la polémica de la Medalla de Bellas Artes- tras el que esperaba encontrar la lógica indignación de los ciudadanos de bien porque el Consejo de Ministros hubiera considerado en la categoría de "bellas artes" las cruentas actuaciones de los matarifes en el coso taurino.

Pero no, la indignación recogida por el periódico era completamente inverosímil. Viene de otros matarifes y afines a la "faena" que protestan porque el galardonado no reúne suficientes méritos en su palmarés. "Es un torero que está bien, pero ni es artista ni figura", dicen los detractores. Otra vez los eufemismos, complicados esta vez por la jerga taurina, donde la patética realidad se rodea de giros poéticos para nombrar lo innombrable. Por ejemplo, la "faena" es la aviesa forma de engañar, asustar y herir hasta la muerte a un poderoso animal herbívoro que solo ataca al verse acorralado. El "torero" es, obviamente, el matarife que convierte en espectáculo la tortura del animal, y lo de "artista y figura" se me escapa, queda para los iniciados. El clímax de ese cinismo insensato, insensible al progreso y carente de la más básica compasión humana, eleva al matarife al grado de "maestro", el ignominioso espectáculo a "Fiesta Nacional" y la atávica tortura a una de las Bellas Artes.

Si los eufemismos se elevaran, como el toreo, a la categoría de Bellas Artes, los "intelectuales" taurinos, doña Bibiana y muchos otros políticos estarían entre los candidatos más meritorios. Claro que es posible que algunos de estos candidatos no hubieran podido ser acreedores del galardón si la eufemística ley que reduce los embarazos no deseados tuviera ya unas cuantas décadas de vigencia.