7.3.09

Eufemismos hirientes

Ayer oía en la radio unas sorprendentes declaraciones de la llamada ministra de igualdad en las que afirmaba que la nueva ley del aborto –que incluye aborto libre en las primeras catorce semanas de embarazo- "evitará embarazos no deseados y protegerá al niño". Por más que trato de acostumbrarme a políticos mendaces o autistas, tanto peor, capaces de mantener que nuestra economía es la más preparada del mundo poco antes de duplicar la tasa de parados de Europa, o que ningún parado quedará sin asistencia poco antes de conocerse que hay más de un millón de parados sin ningún tipo de subsidio, me sigo viendo superado por este cinismo/autismo insultante con el que nuestros políticos se manejan.

Decir que el aborto libre desde los 16 años y sin necesidad de autorización paterna "evitará embarazos no deseados" es como afirmar que poner golosinas gratuitas en la salida de los colegios reducirá la obesidad infantil. Como inciso recordaré la paradoja de que la ley prohíbe a los ginecólogos explorar a niñas menores de 18 si no van acompañadas por su madres. Claro que el informe que enarbola la ministra llama a las niñas de 16 años "mujeres menores", un eufemismo para justificar la autonomía de decisión frente a sus padres.

La ley reducirá los hijos, sí, pero no los embarazos, que probablemente aumentarán a sabiendas de que siempre hay una "solución final" en la que los padres ni siquiera deben llegar a enterarse. Solo una mente escasa o demagógica puede concluir que la consecuencia "lógica" de interrumpir el embarazo es que haya menos embarazos, como si la consecuencia de cerrar el grifo es que hubiera menos grifos. Perdón por la simpleza, pero no es menor la de la ministra. Pues no; tanto si la citada escasez radica en la ministra, como si emplea un eufemismo para explotar la escasez ajena, el resultado es lamentable. El aborto es un drama humano y un fracaso social, y si la ley lo despenaliza dígase así y no con eufemismos hirientes.

Pero esta moda del eufemismo no solo afecta a los políticos. Acabo de saber por la prensa de la feroz polémica por la concesión de la Medalla de Bellas Artes a un determinado torero. Nunca leo noticias de toros, un lastre atávico de lo peor de nuestra "cultura", pero en este caso me atrajo un titular -Pitos y palmas avivan la polémica de la Medalla de Bellas Artes- tras el que esperaba encontrar la lógica indignación de los ciudadanos de bien porque el Consejo de Ministros hubiera considerado en la categoría de "bellas artes" las cruentas actuaciones de los matarifes en el coso taurino.

Pero no, la indignación recogida por el periódico era completamente inverosímil. Viene de otros matarifes y afines a la "faena" que protestan porque el galardonado no reúne suficientes méritos en su palmarés. "Es un torero que está bien, pero ni es artista ni figura", dicen los detractores. Otra vez los eufemismos, complicados esta vez por la jerga taurina, donde la patética realidad se rodea de giros poéticos para nombrar lo innombrable. Por ejemplo, la "faena" es la aviesa forma de engañar, asustar y herir hasta la muerte a un poderoso animal herbívoro que solo ataca al verse acorralado. El "torero" es, obviamente, el matarife que convierte en espectáculo la tortura del animal, y lo de "artista y figura" se me escapa, queda para los iniciados. El clímax de ese cinismo insensato, insensible al progreso y carente de la más básica compasión humana, eleva al matarife al grado de "maestro", el ignominioso espectáculo a "Fiesta Nacional" y la atávica tortura a una de las Bellas Artes.

Si los eufemismos se elevaran, como el toreo, a la categoría de Bellas Artes, los "intelectuales" taurinos, doña Bibiana y muchos otros políticos estarían entre los candidatos más meritorios. Claro que es posible que algunos de estos candidatos no hubieran podido ser acreedores del galardón si la eufemística ley que reduce los embarazos no deseados tuviera ya unas cuantas décadas de vigencia.

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