21.8.09

El impostor

El País semanal lleva a Pablo Rivero a la portada caracterizado de Tintín, un desatino -o una provocación, vaya usted a saber- que solo se explica desde el desconocimiento absoluto del personaje (Tintín, claro). Vamos, es como poner a Santiago Segura en el papel de Francisco de Asís o a Loles León en el de Isadora Duncan. Basta un rápido vistazo a la viñeta del original para entender la imposible convergencia. El héroe aparece en momento de máxima tensión, corriendo seguramente tras un malvado, pero eso no borra la ingenuidad de su rostro, su mirada pura, ni su gesto de generosidad tozuda, de entrega incondicional a las causas justas. Es Tintín, además, un héroe lleno de ambigüedad: atrevido, tierno, pasional, reflexivo, valiente, cercano y vulnerable. Y un tanto asexuado, como si el desarrollo hormonal se hubiera paralizado en la pubertad. Naturalmente, carece de relaciones sentimentales conocidas.

Nada que ver con el impostor -Rivero- que monopoliza portada y reportaje. Posa seguro ante los focos, sobrado, autosuficiente y con mirada dominante, como de perro pastor ante un rebaño entregado. Desborda masculinidad en los detalles -barba de varios días, nuez prominente, mandíbula poderosa…-, que no logra ser acallada por ese grotesco mechón, con el que pretende suplantar al heroico reportero.

Señores periodistas, entérense de que los personajes tienen alma, y que no basta pasar varias horas en la mesa de maquillaje para capturarla. Si me permiten una sugerencia, llamen la próxima vez a Ariadna Gil, que en su gesto dulce y mirada soñadora ya lleva algo de esencia tintinófila. Los bombachos y el mechón son lo de menos.