20.9.10

La tortura no es cultura, y menos aún arte

Ayer domingo, por la mañana, estuve con un par de cientos de personas ante las Ventas –un número insignificante, habida cuenta del empeño de los convocantes- arropando una pancarta que decía: LA TORTURA NO ES CULTURA. Desde luego que no; no solo no es cultura sino que conecta con lo más sórdido de las tradiciones humanas, la que disfruta con la crueldad y el maltrato de criaturas inocentes.

Hay quien defiende el anacronismo de las corridas de toros por una mala interpretación de la tradición. Si nos amparáramos en costumbres del pasado, estaría justificado el racismo (los negros no tenían alma), la violencia contra la mujer (se las suponía de inferior dignidad a la del hombre) o la ablación del clítoris, por citar tres aberraciones que aparecen indelebles en el expediente negro de la humanidad.

La crueldad contra los animales también forma parte de esa historia negra, de la que deberíamos avergonzarnos. Ante esa crueldad innecesaria no cabe ampararse en la tradición, sino recurrir a los criterios de la compasión y los valores universales. ¿Quiere esto decir que renunciemos a servirnos de los animales? No pido tanto, pero sí que tratemos con compasión a esos seres que vamos a sacrificar en nuestro beneficio. Los necesitamos como alimento, como cobayas insustituibles de determinadas investigaciones… Los seres humanos tenemos una impagable deuda de gratitud con los animales, que como mínimo nos exige vigilar que su sufrimiento sea el menor posible.

La tortura ni es cultura ni tampoco puede disfrazarse de arte. Simplemente es incompatible con una sociedad moderna. No solo merecen rechazo las corridas (especialmente graves por torturar hasta la muerte a mamíferos que sienten el dolor como nosotros) sino cualquier tipo de encarnizamiento gratuito contra los animales. Entra aquí el espeluznante caso de una instalación en Habana Espacio Libre de Cáceres donde el artista de turno decidió clavar a un millar de grillos en un panel para mostrar su agonía.

Una visitante pidió que se detuviera esa crueldad absurda, y ante la impotencia acomplejada de los organizadores, que no querían ser tachados de censores, decidió rociar a los grillos con insecticida para que dejaran de sufrir. Para el artista, «esa mujer actuó como un talibán, cercenando las libertades creativas y culturales”, pero yo creo que esas supuestas libertades creativas tienen un límite: el del sufrimiento gratuito, la crueldad absurda e innecesaria a un ser vivo.

En resumen, respeto a la libertad de expresión, sí, pero dentro del marco de los valores universales. Ante una exhibición de violencia y sadismo no hay sitio para el arte.