8.3.12

Pioneras de la ciencia, en el día de la mujer trabajadora

He vivido siempre rodeado de mujeres trabajadoras, auténticas heroínas del día a día, especialistas en encajar infinidad de tareas en una agenda saturada. He aprendido mucho de ellas, y he intentado -e intento- copiar, con escaso éxito, esa eficiencia insuperable, que las lleva a aprovechar al máximo cada instante, sin concesiones a una dispersión –procrastinación, dirán los psicólogos- que medra con éxito entre en el sexo masculino.

Reconozco que siempre han sido un ejemplo para mí, y hoy, día de la mujer trabajadora, me permitiré homenajearlas en la persona de Irene Joliot-Curie, una gran científica, aunque más conocida por sus apellidos -su madre, Marie Curie, y su marido, Frédéric Joliot, eran científicos reconocidos-  que por sus sobresalientes méritos propios.

Destaco a Irene por ser pionera en el mundo de la física y de las matemáticas, en un momento en que estos campos del conocimiento eran exclusivos de los hombres. Es verdad que siguió un camino allanado por su madre, Marie Curie, y que, al igual que ella, recibió un Nobel (su madre obtuvo dos) y tuvo una hija, Helena, que también alcanzó un gran prestigio científico. Irene también murió por leucemia, como su madre, probablemente por el trabajo con material radiactivo.

Todas estas mujeres trabajadoras, pioneras de la ciencia, abrieron amplios senderos en un territorio hostil, pero su conquista no se ha completado. A pesar del enorme avance de la mujer en las últimas décadas, aún está lejos de ocupar el espacio que le corresponde en las ciencias y en las matemáticas.

Acabo de leer un pequeño informe del Banco Interamericano de desarrollo (BID) que constata una vez más, con nuevos datos, la brecha que existe entre las niñas y el mundo de las ciencias y de las matemáticas, una brecha que aumenta con la edad. Es una brecha casi universal, con honrosas excepciones, como Singapur, donde el desempeño de las niñas en estas áreas iguala o supera el de los niños, lo que demuestra que las diferencias en el rendimiento en áreas científicas no tienen que ver con cuestiones de capacidad, sino con niveles distintos de motivación y de expectativas.
Los estereotipos negativos sobre las mujeres en ciencias son responsables de las bajas expectativas de las chicas, pero también la escuela tiene su buena parte de responsabilidad. Un informe del que me hacía eco en un antiguo post -“Hace falta más discriminación positiva en matemáticas y ciencias”- ponía en evidencia que los estereotipos hacen que los profesores de estas áreas, subconscientemente, tiendan a infravalorar a las chicas, lo que lleva a una reducción de sus expectativas y baja su nivel de rendimiento. Es decir, los estereotipos condicionan el rendimiento académico de las mujeres en las áreas científico-técnicas y alimentan su rechazo hacia carreras de matemáticas y física.
¿Qué hacer? Es necesario determinar cómo podemos abordar este problema a través de la educación, recurriendo a una fuerte discriminación positiva que destaque y estimule la aportación de las mujeres en los ámbitos científicos. Como decía en el citado post, hay que construir, con urgencia, el mensaje de que “la ciencia es cosa de chicas”.

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