30.6.12

¡Que vuelve la reválida!

El Gobierno comunicó ayer, tras el Consejo de Ministros, su intención de instaurar una especie de reválida - parece que este nombre no gusta al ministro- al final de todas las etapas educativas, es decir, exámenes nacionales externos que han de pasar todos los alumnos para poder continuar estudiando. Según Educación estas pruebas externas servirán, entre otras cosas, para diagnosticar los resultados de los centros y poder establecer así planes de mejora.

Los exámenes externos permiten un control público de la educación, lo que evitará las opiniones interesadas sobre el supuesto regalo/compra de notas en centros privados y concertados. Aportan transparencia y ayuda a pedir responsabilidades a centros y a administraciones. La selectividad ya venía aportando este control universal externo, con su doble cometido de marcar estándares y servir de paso a la universidad. Este segundo objetivo ha perdido gran parte de su vigencia, porque son muchas las carreras que no necesitas notas de corte más allá del aprobado. Por tanto, parece razonable separar el objetivo de prueba universal -que asumiría la reválida- del objetivo de prueba de acceso, que quedaría a la discreción de las facultades que necesiten responder a un exceso de demanda.

Fuera de este aspecto de control público que aportan las reválidas, todo lo demás son inconvenientes.

"Para que la selección sea justa, todos harán el mismo examen: por favor, trepen a ese árbol."
Por un lado, el modelo de prueba externa condicionará la forma de trabajo en el aula de los cursos previos. Si la prueba se hace, como parece, sobre contenidos específicos de materias instrumentales, los centros que orienten su metodología hacia tendencias más innovadoras deberán replegar todo su repertorio de metodologías -paletas de inteligencias múltiples, proyectos de comprensión, desarrollo de competencia digital…- para salir bien situados en la foto final de la prueba. La evaluación es lo que más condiciona todo el desarrollo educativo. Si se quiere que los profesores usen el ordenador en la clase de matemáticas, basta con incluir una prueba sobre Geogebra o Derive en las PAU, y todos los docentes de bachillerato serán expertos en estos programas en pocos meses. Porque en contra de lo que malévolamente se insinúa repetidamente en muchos medios, los profesores buscan, ante todo, el éxito de sus alumnos, y si el éxito exige manejar el ordenador, les enseñarán a manejarlo.

Otro inconveniente serio es que el alumno no pueda continuar si suspende la prueba. Si esto le ocurre a un alumno de primaria, por ejemplo, deberá repetir 6ºsi no ha repetido antes ningún curso. Si ya ha repetido antes, podrá pasar a secundaria con una prescripción de apoyo escolar. Este es un aspecto polémico, porque la repetición de curso es una solución cara y muy ineficiente, y además, no está nada claro de dónde saldrán los recursos para el apoyo escolar. Pero el mayor problema viene de la selección del alumnado: quedarán fuera, como ya ocurría en el pasado, todos aquellos alumnos cuyo perfil intelectual no corresponda al lingüístico-matemático que priorizan las pruebas.

Sé bien de lo que hablo, porque tengo el dudoso honor de pertenecer a la última promoción que pasó por las reválidas de bachillerato elemental y de bachillerato superior, y la primera que se tuvo que enfrentar al examen de la Selectividad. Fue una etapa en la que la selección de alumnos era una práctica habitual, creando clases muy homogéneas y de alto rendimiento en lo estrictamente académico, y dejando fuera a una inmensidad de alumnos con talento, aunque con algunas dificultades en las áreas instrumentales, por cierto, priorizadas por la nueva reforma. Un auténtico despilfarro y una gran injusticia.

Pensando en muchos de mis antiguos compañeros, recuerdo este proceso como una dramática selección del alumnado, una auténtica sangría de talento potencial. Primero fue el examen de Ingreso, a los diez años, necesario para acceder al bachillerato elemental. Esto ya dejaba fuera a un grupo importante de alumnos que deberían continuar en la escuela primaria hasta los catorce años u optar por la Maestría Industrial, germen de la actual Formación Profesional. Después, a los catorce años, tuvimos que enfrentarnos al examen de reválida de bachillerato elemental. Era un examen complicado, de los cuatro cursos anteriores, y había que superarlo para poder acceder al bachillerato superior. Por si la selección fuera poca, al acabar sexto de bachillerato había que superar una nueva reválida (la de bachillerato superior) para acceder al Preu o, en mi caso, al COU. Según dice Gimeno Sacristán, estas reválidas “servían solo para estrangular el acceso a la educación: un 50% suspendía la reválida de Bachillerato Elemental, y un 43% la del Bachillerato Superior.” No hubo más remedio que suprimirlas.

Espero que nuestros políticos sepan analizar y aprovechar las lecciones del pasado para no repetir los mismos errores. Necesitamos avanzar en la senda de la excelencia educativa, pero sin perder las cotas de equidad que ha alcanzado nuestro sistema.

25.6.12

La ciencia es cosa de chicas, a pesar de la Comisión Europea



Por increíble que parezca, el ataque más letal que recuerdo contra la mujer científica viene de la misma Comisión Europea. Una costosa campaña hace poco más de una semana para que las chicas se interesen más por la ciencia, resultó ser una exhibición de frivolidad. La estética de los mensajes juega con lo superficial, con mensajes del mundo de la moda y de la cosmética, hasta el detalle del lápiz de labios sustituyendo a la I de SCIENCE en el lema:

Pero lo peor fue el vídeo promocional, todo un compendio de superficialidad al más casposo estilo misógino. ¿Cómo se puede insultar a sí a esas mujeres que sostienen los proyectos científicos en todo el mundo? Como era de esperar, el vídeo levantó tal ola de protestas que pronto fue retirado, pero es fácil encontrarlo en la red. El rotativo The Guardian propuso en twitter como hashtag del día ‪#realwomenofscience‬ para compensar por la aberración del ‪#sciencegirlthing.

Al principio se especuló que era una travesura de mal gusto de unos hackers, pero pronto la Comisión justificó la campaña, explicando que pretendía mostrar a las mujeres que la ciencia es divertida. O sea, para que no haya dudas, es una campaña premeditada y pagada con el dinero de todos los europeos. La duda que ahora surge es: ¿En manos de quién estamos? ¿Quién lleva el timón de esta Europa?

La ciencia no necesita ayudas como esta. Si queremos más mujeres científicas necesitamos una apuesta decidida desde el colegio (discriminación positiva) y un sistema de becas pre y posdoctorales de calidad. Y sobre todo construir una imagen moderna de la mujer científica que prime la feminidad, sí, pero de su inteligencia, su capacidad y su profesionalidad.

El sorprendente hallazgo de fósiles de tortugas copulando

Los neurocientíficos explican que en situaciones de pánico se activa la amígdala en el sistema límbico y esto desencadena un conjunto de mecanismos orientados a enfocar todos los recursos del organismo hacia la defensa o la huída: aumenta la presión arterial y el nivel de glucosa en la sangre, el corazón bombea más deprisa y se detienen las funciones no esenciales, como el sistema inmunológico, pero también se interrumpe la digestión o el crecimiento de las uñas y, por supuesto, todo lo relacionado con la excitación sexual.

Por eso es tan difícil encontrar fósiles de animales copulando, salvo en casos de insectos que quedaron atrapados por una gota de resina sin posibilidad de reacción. Ahora la BBC se hace eco de una noticia mucho más sorprendente: el hallazgo de tortugas fosilizadas durante la cópula hace 47 millones de años.

Es la primera vez que se encuentra algo así en vertebrados. Se trata de la especie Allaeochelys crassesculpta, ya extinta. La hipótesis que manejan los investigadores es que las tortugas fueron sorprendidas por una erupción volcánica en el lago donde habían iniciado la cópula, murieron en el acto y luego fueron sepultadas por los sedimentos del lago hasta convertirse en fósiles. Hay quien sostiene que no fue todo tan rápido, sino que las tortugas murieron en las aguas envenenadas inconscientes del peligro, en pleno trance amoroso. O sea, que no les funcionó la amígdala, y eso se paga caro.