16.7.05

Crónica de una tragedia anunciada: aniversario de la primera explosión nuclear

Esta semana se celebra –es una forma de hablar- el sexagenario de un macabro experimento, que daría un giro radical a la historia de la Humanidad. Se trata de la primera explosión nuclear, que tuvo lugar en el desierto Jornada del Muerto, en Alamogordo (Nuevo Méjico).

El experimento -bajo el sugerente nombre en clave de Trinity, al parecer propuesto por el mismísimo Robert Oppenheimer- se diseñó para ensayar una nueva arma desarrollada en Los Álamos. Sería la primera explosión nuclear provocada por el ser humano, y respondía a la necesidad de disponer de datos experimentales sobre su poder destructor, porque solo había estimaciones deducidas de los cálculos. Obviamente, Oppenheimer no eligió el nombre de Trinity por la atractiva protagonista de Matrix, escenario previsible en una hipótesis de desarrollo incontrolado del poder nuclear, sino que se inspiró en un pasaje del Bhagavad-Gita hindú, de donde tomó el concepto de trinidad entre el creador (Brahma), el protector (Vishnu) y el destructor (Shiva).

Para medir los efectos del Trinity, era necesario calibrar los instrumentos, por lo que se detonaron unos meses antes del experimento 108 toneladas de TNT apiladas entre tubos repletos de productos de fisión. Lograron así una explosión sin precedentes que, sin embargo, resultó muy débil comparada con Trinity, por lo que algunos aparatos resultaron dañados y se perdieron muchas de las mediciones previstas.

También salieron mal parados resultaron algunos de los asistentes al experimento. Al fin y al cabo las normas de seguridad eran casi inexistentes. Baste decir que el plutonio necesario para el núcleo de la bomba se transportaba sin ninguna protección especial, o que los componentes se ensamblaron en el rancho McDonald de Alamogordo, desde donde fueron llevados al punto cero para montar la bomba. El montaje final se llevó a cabo ¡en una simple tienda de campaña!
Con estos antecedentes sorprende que no hubiera muchas víctimas entre los asistentes, aunque la información en este sentido es confusa. Hay algún documento de Los Alamos National Laboratory sobre este aspecto, pero parece que se trata de información restringida. Al menos yo no he podido acceder a él (LA-3719 Health Physics Survey of Trinity Site). Sí parece que resultaron seriamente irradiados algunos grupos de soldados que asistían como cobayas protegidos por simples trincheras.

El día 16 de julio, a las cinco y media de la mañana, se dio la orden de detonación. Oppenheimer la siguió desde un cobertizo situado a unos diez kilómetros del punto cero, y aunque dio instrucciones de ponerse de espaldas a la explosión para protegerse del fuerte resplandor, no pudo evitar que varios observadores quedaran cegados por la luz. Los cronistas recogen la profunda satisfacción de un Oppenheimer convencido de que había encontrado el arma que pondría fin a la Segunda Guerra Mundial, como sucedió realmente. Pero Oppenheimer no hubiera estado tan orgulloso de saber que acababa de cortar la cinta inaugural de una era trágica, cuyo primera manifestación tendría lugar un mes después, cuando cayeran sobre Hiroshima y Nagasaki los mortíferos ingenios nucleares que cambiarían la historia. Y que más tarde daría inicio a la guerra fría, una época peligrosa en la que el crecimiento desmedido de las armas nucleares amenazaría la propia supervivencia del planeta.

Afortunadamente, la cordura volvió al panorama político a través de acuerdos de no proliferación nuclear entre las superpotencias. Sin embargo, todavía sufrimos las secuelas de esa fiebre. Según New Scientist “disfrutamos” de un preocupante legado nuclear, con nueve naciones con armamento atómico, 27000 bombas y 1855 toneladas de plutonio en el mundo. Hay además numerosos países que, si bien no disponen de armamento nuclear, poseen los materiales y la tecnología para desarrollarlo.

O sea, que el aniversario de la primera explosión nuclear provocada no es una celebración de las de tirar cohetes -nunca mejor dicho- ni de las que la humanidad deba estar orgullosa. Pero sí es un motivo para buscar el entendimiento entre los pueblos. Las naciones siguen sin ponerse de acuerdo y los tímidos intentos de control nuclear no pasan de actuaciones cosméticas. Es el caso del acuerdo alcanzado en Viena hace pocos días entre 89 naciones que decidieron hacer un seguimiento más intenso de los materiales atómicos. Se agradece el intento, pero ¿es suficiente?

1 comentario:

Anónimo dijo...

EL COSTE DIARIO EN ENERGIAS –TENDRA QUE BAJAR-

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